martes, 12 de junio de 2012

Se juega como se vive...


La frase dice que “se juega como se vive”. Si la frase es cierta, yo jugaría como la selección de Bielsa. Ojo, no me refiero a bondades en el juego o al más mínimo grado de virtuosismo. No. Yo jugaría como la selección de Bielsa porque vivo a quemarropa. Vivo sin parar un segundo, tratando de desbordar siempre por los costados y con mucho vértigo. Lamentablemente hoy la vida me tiene como cuando el Burrito Ortega tenía que correr y marcar a Roberto Carlos. El burro se volvió loco en ese partido. Y mi vida hoy tiene eso: tiene grandes alegrías, tiene los mejores encuentros con los mejores amigos, muchas sonrisas. Tiene las eliminatorias ganadas de punta a punta. Y tiene, también, las peores tristezas; los mayores desazones: me quedo afuera del mundial habiendo jugado solamente tres partidos y metiendo… ¿qué? ¿tres goles?

Me sobreviene, a diario, el llanto. Maldigo a propios y ajenos y me digo que nunca más voy a jugar como un equipo de Bielsa. No voy a ir a buscar más. De ahora en más, lo único importante son los resultados. Me alineo con el lado más desagradable de mi ser (y de la prensa deportiva) y empiezo a jugar como un equipo de Falcioni: pongo la defensa más férrea que existe y pretendo no dejar que nunca más nadie me haga un gol. El resto no importa. Nada importa. En algún momento voy a tener una jugada aislada, un tiro libre, una distracción ajena y el ansiado uno a cero. Y así voy a jugar siempre y voy a ganar y ser campeón. Voy a tener una vida de éxito y triunfos. Voy a ser un profesional, tener una familia tipo, ser un padre modelo, ser un muerto ejemplar y, por sobretodo, el tipo menos recordado de la historia de la humanidad. Voy a engrosar las estadísticas y se dirá que gracias a mi hay tantos campeonatos en lugar de tantos menos que había antes. Y nadie, pero nadie, ni una sola persona va a recordar una jugada asociada en mi vida, un gol, un día de disfrute…

NO.

¡Yo prefiero quedarme afuera del mundial todos los días! Prefiero no tener futuro en el trabajo, prefiero no armar la familia tipo. Prefiero haber amado y perdido. Prefiero seguir amando y sentir puñales en el alma con cada derrota diaria antes de ir a dormir. Prefiero un siete a uno abajo, pero que mi gol haya sido saliendo desde abajo, con la pelota al pie.

Se juega como se vive. Yo me quedo afuera del mundial, toda la vida.

jueves, 9 de febrero de 2012

Tristes hombres (si no mueren de amores)...


No se cuán novedosas puedan resultar las palabras “mi vida ha dado un vuelco”. Creo que deben ser utilizadas a diario y en varios idiomas. Generalmente deben ser mal utilizadas, pues no ha de haber tantos vuelcos en las vidas de las personas. Dicho esto, e intentando evitar el cliché, diré que ciertos sucesos de los últimos tiempos me habían hecho pensar que estaba cerca de volverme loco.


He llegado al punto en el que he perdido algunos placeres cotidianos a los que, debo reconocer, nunca había dado la importancia suficiente. Por ejemplo, ya no puedo dormir. Ya no puedo, tampoco, recostarme en la cama y pensar en nada. He perdido la capacidad de sostener charlas de ascensor con las personas. De más está decir que se han perdido las sonrisas. Paradójicamente, ya he perdido también el llanto. Hoy día, es más como si después de encoger los hombros y bajar la cabeza, sólo dolor brotara y ya no lágrimas. Esto sería ideal si el dolor fuera un recurso no renovable, pero manejo la hipótesis contraria.


En este derrotero de la pérdida, que creo que sí puede ser común a varias personas, parece no quedar más remedio que la espera. Parece que los cientos de infelices que dicen “todo pasa” o “bueno, seguro que es para bien” tienen razón. Parece, ¡pero que Alá no permita que esto sea cierto! ¿Puede alguien intentar explicar felizmente la idea de que todo pasa? Es terrible, es trágica. Yo, al menos, no quiero que todo pase. No quiero vivir en un mundo así.


(Insértese aquí un párrafo que desarrolle la idea presentada en el anterior sobre lo triste que es pensar que las cosas tienen un curso normal que tiende a sostenerse a pesar de cualquier situación, por irreversible que sea. Un mundo con gente que mantiene “todo pasa” como una verdad, tiene que ser un mundo infeliz)


Lo he meditado algunos días, y me di cuenta de lo verdaderamente triste de la situación. Lejos estoy de estar volviéndome loco. Me estoy volviendo cuerdo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Tocarte ni en canciones...

*A quien siempre, de una u otra manera, inspira y es razón de todos los escritos


Él nunca había creído mucho en nada. Y no hablo de su ateísmo – que también tenía, eh – sino que hablo de un montón de distintas cuestiones. El nunca creyó en los pañuelos de papel, por ejemplo. No sabía usarlos, supongo. Se deshacían, no sabía hasta que punto era “guardable” o “tirable” determinado pañuelo. Siempre mostró una clara preferencia por los pañuelos de tela. Una situación similar se daba con las servilletas. Nunca creyó en los paraguas. Le resultaban uno de los peores inventos de la humanidad. Una molestia constante. No podía creer que al día de hoy nadie hubiera inventado nada mejor que un paraguas. No creía en los trajes ni las corbatas. Le parecía que eran un invento para intentar ocultar algo y poder quedarse con cosas de otra gente. Por motivos similares, descreía de los zapatos. No creía en una infinidad de cuestiones. Tampoco creía en diversas variables esotéricas en las que mucha gente no cree, como la astrología, la numerología, el zodiaco, la reencarnación, el espiritismo. No creía hasta que un día pasó algo increíble y no quedó más remedio que empezar a creer (al menos en algunas cosas).

Un día, un martes por la mañana, su alma decidió abandonar su cuerpo para ir a instalarse a la puerta de una casa cerca de una esquina de otro barrio. Su alma abandonó su Caballito querido y se fue. No, no murió. Su cuerpo siguió viviendo la misma vida de siempre, con las alteraciones propias de quien carece de alma: días grises, risas mentirosas, una suerte de parsimonia enajenada. Y su alma se dedicó al llanto y la espera, en el cordón de esa vereda de otro barrio. Su alma la esperaba a Ella. Pensó que no tendría que esperar mucho tiempo, puesto que con ese motivo justamente había ido a la puerta de su casa. Sin embargo, cuando ella llegó ese mismo martes por la tarde, no notó allí la presencia de ningún alma. La pasó por alto. El alma se puso de pie, frunció el seño, se enfureció, vociferó y se sentó nuevamente a esperar al otro día, cuando ella tendría que salir nuevamente.

La mañana del miércoles, cuando ella partió hacia su vida diaria, el alma dormía, por lo que el encuentro fue nuevamente trunco. El alma, al despertar, entendió inmediatamente que esto había sucedido y decidió esperar nuevamente a la tarde. Pero la situación fue la misma. Ella llegaba, llave en mano, subía los dos pequeños peldaños, giraba la llave en la cerradura y empujaba la pesada puerta que daba ingreso a su edificio. No veía allí ningún alma. No notó, nunca, al alma que allí pasa las horas, esperando ser vista, esperando poder volver a ocupar un cuerpo ahora vacío, lleno de sinsentidos. Un alma que empezó, por la fuerza, a creer en muchas cosas y a su vez tuvo que aprender a dejar de creer en lo poco que creía.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Los Miercolinos

Los que saben dicen que hoy es miércoles. Yo no les creo, pero lo sostienen. Llegado el caso, lo afirman con vehemencia y hasta furia. Parece como si tuvieran un cierto miedo a que no sea miércoles. He meditado al respecto y si bien no logro dar con una conclusión que me cuadre como definitiva, he desarrollado algunas hipótesis.

La primera posibilidad que barajé es que, tal vez, el miércoles sea un día muy importante en la vida de quienes lo afirman como tal (podemos referirnos a ellos como Miercolinos ya que Miercolistas no tiene el mismo sabor sonoro). Automáticamente, intenté dilucidar las virtudes que podría llegar a tener el miércoles por sobre otros días. Aquí tropecé con el primer escollo. El miércoles no corre con la ventaja de proximidad al sábado inherente a jueves y viernes. Tampoco cuenta con la esperanza de nuevo comienzo y energía renovada de un lunes, que si bien da comienzo a la rutina, permite el reencuentro con colegas y compañeros. Así, el miércoles solo puede ostentar cierta ventaja – en el mejor de los casos – con respecto al martes. No parece éste motivo suficiente para la encarnizada defensa que hacen los Miercolinos.

Otra posibilidad es el miedo a la pérdida. Lamentablemente – y es aquí necesario ser claro sobre el carácter de lamentable de las cuestiones a ser mencionadas – en la era de la inmediatez, cada minuto parece contar. Todo es instantáneo y, por consiguiente, los instantes son preciados. Entiendo que el lector no comparte esa filosofía, puesto que de hacerlo ya hubiera abandonado la lectura; pero le pido que intente imaginar lo que podría llegar a sentir un Miercolino instantista si se viera forzado a renuncia al miércoles para aceptar que es, en realidad, jueves y ha perdido millones de invaluables e irrepetibles instantes. El Miercolino podría verse empujado al suicidio. Por otra parte, debe reconocerse que si en lugar de ser jueves, el día fuera martes el Miercolino ganaría todos esos instantes. Cabe aquí postular, entonces, que o el Miercolino carece del coraje necesario para apostar un día entero a cara o cruz o que este tampoco es el motivo de la fundación de este reaccionario grupo defensor de los miércoles.

Al haber descartado estas variantes, creo haber dado con algún motivo un tanto más probable: el Miercolino, al igual que la mayoría de los humanos, añora la perfección. El error, y más tratándose de un error tan elemental como puede ser la confusión en el día – ni siquiera en el número – es inaceptable.

Es esta la cuestión que me resulta particularmente reprobable. Uno puede, claramente, equivocarse en el día y creer que un jueves es un miércoles, y más aún si uno es un Miercolino empedernido, pero no aceptar el error es algo triste. La necedad es condenable.

Ah, por cierto, miércoles 7 de diciembre de 2011.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Mis Memorias: Pre Prólogo

Antes de empezar el prólogo, les cuento tres cosas:
1. Un libro que escribió Petinatto (que ya no es santo de mi devoción – en realidad no soy devoto de ningún santo) tiene un pre prologo que dice algo así como "Siempre quise escribir un pre prologo. Nunca vi uno escrito y nunca imaginé que se podía poner en él" (o algo asi)

2. Yo creo que en el pre prologo habría que poner el porqué se escribe un libro... o algo así, ya que el prologo debería ser la introducción al libro mismo. Bueno, entonces les cuento que el aburrimiento me lleva a comenzar la redacción de mis memorias. Me enfrento entonces a dos problemas: en primer lugar mi corta vida y en segundo mi falta de memoria.

3. Debo decir que estas líneas fueron escritas hace ya algunos años. He de dedicarme a actualizarlas y finalmente publicarlas. Muchas de las nociones expresadas en este texto puede ser obsoletas. Intentaré publicar un capítulo diario o algo similar
Hechas estas aclaraciones, bienvenidos.... este es mi mundo, o por lo menos mi prólogo