sábado, 20 de abril de 2013

A los 28...


Pareciera que van 28 minutos del segundo tiempo. Pareciera que el otro equipo está más que conforme con el empate. Pareciera digo, porque ¡vaya uno a saber qué pasa por la cabeza de los jugadores del otro equipo! ¡Vaya uno a saber qué hablaron en el vestuario! ¡Vaya uno a saber qué les pidió el técnico! Habría que ver, incluso, si no están jugando motivados por tentadoras ofertas de otros equipos.
Pareciera que van 28 del complementario y el otro equipo se ha cerrado herméticamente. Puedo tocar y tocar en la mitad de la cancha. Puedo mover la pelota de un lado a otro, pasando por mis cuatro volantes, mas será imposible filtrar una bola. Se han abroquelado como un bloque de hormigón. Parecen ser, realmente, impenetrables.

Y van 28 minutos del segundo. Mis jugadores saben que el tiempo apremia. Sabemos que queda poco. Pareciera que el otro equipo también lo sabe y juega, entonces, con nuestra desesperación: nos entrega la tenencia del balón y nos encarga la propuesta creativa. Saben que cualquiera de nuestros intentos se verá frustrado en alguna de sus férreas líneas. Así, descansan tranquilos en nuestra inutilidad; en nuestra inoperancia. Que quede claro: no tenemos el balón por nuestras bondades propias, sino únicamente porque los rivales han decidido que así sea; porque nos lo han entregado.

Mis jugadores miran al banco de suplentes. Miran al banco esperando la salvación. Miran como los niños miran a los padres cuando saben que no pueden con algo y esperan que se los rescate de algún brete. Mis jugadores miran al banco, para encontrarse con el gesto rendido del técnico. Las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, este pobre hombre mira, a su vez, a los suplentes y piensa en quién puede entrar ahora que las papas queman. Mira a los suplentes lentamente, uno a uno y esboza una leve sonrisa al llegar al último… No, no no. El último suplente no es Riquelme, Maradona o Messi. No. Llega al último suplente y esboza la sonrisa de quien se sabe derrotado. Entonces vuelve a mirar al campo, a los jugadores que, cual niños, lo siguen esperando y les hace un gesto de “tranquilos muchachos, que hay tiempo”.

La gente también entiende lo que está sucediendo. “¡28 del segundo viejo, tenemos que ganar cueste lo que cueste!” Entonces, desde algún lugar, sacan la fuerza necesaria para hacer lo que deben hacer. Alientan y gritan como si no hubiera mañana. Es que para el hincha no hay mañana. El hincha ya mira el partido sin posibilidades: nada de lo que suceda en el campo depende de él y entonces decide pensar que lo que debe hacer es alentar al equipo con todas sus fuerzas. Y gritan. Y gritan. Queman sus gargantas en cánticos desaforados que parecen llevar al equipo adelante. Parecen.

Una suerte de furia recorre el estadio. Mis jugadores parecen querer sacudirse el letargo, volver a enarbolar sus banderas, romper el tedio. Sin embargo, puede verse en sus rostros, puede escucharse en el latir de sus corazones ese resto de duda. Ese pequeño espacio de sus almas que les recuerda que van 28 minutos del segundo tiempo, que tal vez ya sea demasiado tarde. Ese hueco lleno de miedo que los paraliza y les dice que no tiene sentido avanzar. Nuevamente, la búsqueda guía sus miradas al banco de suplentes. Y nuevamente, “tranquilos, que hay tiempo” de parte del entrenador.

Los jugadores, sin embargo, pueden parecer tontos, pero no lo son. Todo el estadio sabe que el reloj marca 28 minutos del segundo tiempo y que todo está por terminar. Han todos de seguir esperando que se dé un milagro; que un jugador se ilumine. Que alguien frote la lámpara y surja repentinamente la magia que ha sido esquiva durante todo el partido. Pero sin Riquelme, Maradona o Messi, es poco probable que veamos algo de magia. 

lunes, 4 de febrero de 2013

                                                                       Fin

peones hemos de crearlo.
peones han dicho basta. El ajedrez perfecto no existe, pero los
Puede que el rey no lo sepa, pero todo ha de terminar pronto. Los

el rey. Cuando un peón grita basta, los demás peones se abroquelan.
búsqueda, pero nunca obtendrán los resultados pretendidos por 
encontrarlo. Podrán fingir respeto y obediencia. Podrán fingir una 
entenderá. Mientras falte un peón, los demás peones jamás han de
buscar a los demás peones. Pero, el rey no entiende. Acaso nunca 
los campesinos. Pueden, como han hecho, interrogar y hacer
gritarse órdenes. Pueden, los jinetes, quemar aldeas y torturar a
jinetes, alfiles y torres. La reina puede correr y correr. Pueden 
aún. Tal vez sigan creyendo en los esfuerzos represores de sus 
El ajedrez perfecto no existe. El rey y la reina tal vez no lo sepan

irreemplazable.
Un peón. Lento, perezoso. Un peón, insignificante. Un peón,

El ajedrez perfecto no existe

Un peón ha huido y el reino ha quedado paralizado.
Un peón. Un mero peón. Igual a cualquier otro, pero fundamental. 

huido.
corren de un lado a otro. Todos intentan encontrar al peón que ha
apesadumbrado, con su andar cansino y pasos cortos. Los alfiles
El ajedrez perfecto no existe. El rey recorre el palacio,

y juegos.
El reino está convulsionado. Se han suspendido todas las actividades

esfuerzos, en vano.
Nada. En las más altas torres de vigilancia han redoblado los
lograr su cometido. Tomaron prisioneros y quemaron algunas casas.
enviados a buscar información. Han recorrido varias aldeas sin
pero no ha habido caso. Los dos mejores jinetes del reino fueron 
quien reina, sino la intranquilidad. La reina ha intentado consolarlo,
ha ocurrido. Grita. Vocifera. El odio llena su corazón. Ya no es él
En el palacio nada es igual. El rey está furioso. No entiende qué


Que la tortilla se vuelva

viernes, 23 de noviembre de 2012

De barrancos y otros accidentes...


Tengo la lapicera en la mano hace tres canciones. (Contar el tiempo en minutos es un absurdo). Ha ya tres canciones… y estas son mis primeras palabras. Metapalabras, podría decirse. Los augurios para este escrito pueden no ser buenos. Si los padres de este escrito hubieran consultado al oráculo, probablemente lo habrían arrojado por un barranco poco después de nacer (debemos presumir la existencia del oráculo, su capacidad de acierto sobre el futuro y cierta cercanía de su presencia a la de un barranco, claro está).

De todos modos, muchos textos han sido arrojados por barrancos – consulta de por medio al oráculo o no – y no han perecido. ¿Cuándo muere un texto? ¿Es posible detenerlo entre la primera y las doce líneas de gestación? ¿O es, acaso, el texto como tal indestructible?

Piénselo así: tal vez tomar la hoja y hacer un bollo no sirva de nada. El texto sigue ahí. Claro, sin duda nadie más habrá de leerlo. Pero “ahí” no es la hoja. No. El texto sigue en la mente. El texto ha sido escrito, y por tanto pensado; y ha sido leído y, por tanto, interpretado. Cualquiera de estas cuatro acciones bastaría, por si sola, para llenarlo de vida.

No hay, en el mundo, suficientes barrancos. No hay montañas con la suficiente altura para acabar con un texto. Un texto fue pensado, escrito, leído, interpretado. Un texto fue sentido.

Esta hoja, sin ir más lejos, quedará arrumbada en un cuaderno fácilmente olvidable. Sin embargo, no habrá de perecer. Las palabras son eternas

sábado, 17 de noviembre de 2012

El derrotero de la derrota

*he aqui unas breves lineas que nos ha acercado el destino. El destino, tomando la forma de amigo escritor, ha querido empujarnos a salir del letargo. Sonreimos. Sonreimos y le agradecemos. 


El derrotismo nos derrota. No sirve. Debemos encontrar dentro nuestro para vencer al derrotismo. Aquella vez que sabíamos como hacer las cosas, que incluso contagiábamos a otros de ganas de vencer. Y hasta recibíamos las gracias, cuando ni siquiera nos hacían falta para seguir adelante. Buscar dentro nuestro y comparar con el ahora. Ya es conocida la frase que multiplicando los mismos factores vamos a obtener el mismo producto. Es hora ahora, luego de tanto derrotismo, de vencer al derrotismo. De creer en quien tiende una mano. De dejar de regocijarse en el “pobre de mí”, porque si fuera por eso, siempre se puede estar más triste, siempre se puede estar peor. Y puede haber “pobre de mí” de por vida. Pero sabemos que no queremos eso. Entonces, es solo cambiar por una vez los factores, meter sumas, restas, etc. Lo que sea necesario para salir de la modorra del “no se puede” o “no tengo con quién”. Si se tiende una mano hay que apretarla, y fuerte. Porque quizás sea la que nos saque del pozo. Porque si viene de alguien que se preocupa y que nos quiere ver mejor debe ser que valemos la pena. Entonces sí,  venceremos, porque valemos mucho más que mil derrotas.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Quedamos los que puedan sonreir...


Los emperadores y los mercaderes seguían, como siempre habían seguido, encerrados en sus mundos. Cubiertos por sus tesoros y protegidos por sus perros. Seguían, como siempre habían seguido, sin importarles el destino de la República – hoy devenida en imperio – tras haber acabado con la resistencia.

Los hombres y las mujeres seguían azorados. Los meses que iban y venían no traían consuelo ni explicaciones. El estupor no solo no los abandonaba, sino que se acrecentaba con cada día, con cada golpe. Los niños ya habían dejado de lado las sonrisas. Ellos sabían que las cosas habían cambiado, pero tal vez aún no comprendían la gravedad de la situación. De una situación que ya no parecía permitir retorno.

Pero, hay que decir, que la resistencia nunca muere. Nunca. Todavía quedaban aquellos viejos que se reunían en rincones ocultos, en antros a conjugar planes y recordar las hazañas de quien era conocido como el último bastión de la – aparentemente caída – resistencia. Los viejos se reunían y recordaban la vida antes del ostracismo impuesto en aquel joven. Que distinto era todo. Los más jóvenes, en el vértigo de la vida, tal vez no lo recordaran, pero que distinto era todo. Un joven podría no recordar si había dejado de ir a los bailes o si los bailes habían dejado de existir. Pero los viejos sí recordaban. Los viejos recuerdan. Los bailes se habían cancelado una noche, de repente.

Los viejos se reunían y hablaban en secreto y por lo bajo, de los tiempos de antes. Hasta que uno se ponía de pie y gritaba, en tono de canto “Vos, dejá nomás que algún chabón chamuye al cuete…” Y otro, con valentía gritaba el nombre de aquel joven, con la fuerza de una lanza que se clava en la carne seca de aquellos que no pueden comprender, de aquellos que están congelados por sus tesoros y apartados por sus perros. “Romáaan!”, gritaba uno de los viejos con más valor y lágrimas en los ojos. Una sonrisa se dibujaba en el rostro de los presentes. Una sonrisa cargada de nostalgia.

En otros lugares del imperio, los mercaderes y los emperadores no sonreían. No. Ellos simplemente podían contar con que sus tesoros y sus perros nunca falten, pero sabiendo, también, que la resistencia nunca muere. Que algún día sería su turno, y que no habría piedad.