sábado, 22 de junio de 2013

Prohibido girar en U


Te cuento que perdiste. No sé cómo esperabas que fuera a salir esto, pero perdiste. Bah, asumo que esperabas algún otro resultado, porque no creo que alguien se encamine a las cosas esperando la derrota. Pero yo creo que en el fondo sabías. Sinceramente, no podías esperar otra cosa. Perdiste, espero que por lo menos te hayas dado cuenta. Porque no darse cuenta es de esas pocas circunstancias gravemente peores que la derrota en sí. Quien pierde puede, simplemente, reconocerlo, aceptarlo, felicitar al ganador – si es que hay uno – e intentar seguir viaje. Pero no ver la derrota… tenerla delante de los ojos y no reconocerla, es irrevocablemente triste. Por eso, me pareció oportuno avisarte. Perdiste. Cuesta, sí. Pero lo mejor que te queda es agachar la cabeza, cerrar unos instantes los ojos y tratar de asimilarlo. Pasar el mal trago, como quien dice.


Ojo, no te ilusiones. Es una de las más viles mentiras eso de que la vida siempre da revancha. No. No siempre hay revanchas, así como el hecho de que hayas perdido no implica que haya ganadores. Nadie gana, acaso, pero a vos te sigue tocando la derrota. La derrota eterna, dado que no hay revancha. Irreversible. Eso sí es una verdad de la vida: la irreversibilidad. No hay retorno de derrotas como esta. 

viernes, 17 de mayo de 2013

Sobre la muerte y La Muerte

 

Murió Videla, sí. Murió una persona que nunca conocí y cuya imagen, sin embargo, me inspiraba un profundo miedo, rencor, dolor. Una cantidad indescriptible de cosas cada vez que uno se tiene que cruzar con una imagen de la cara de Videla. Peor aún si uno se sienta a leer o escuchar alguna declaración de Videla: si uno se toma el trabajo entiende porqué esa cara le produce todas esas cosas.

Murió Videla. Y lo que me pasa es que no me siento para nada alegre, como me han comentado que se sienten muchos amigos y conocidos. Yo siempre digo que no se festeja la muerte de nadie, y lo pongo como una máxima. Y ahora la muerte de este… de este hombre (me cuesta calificarlo como tal, pero prefiero no calificarlo de otra manera) me muestra por qué no festejo la muerte de nadie: murió una persona a la que incluso en algún otro momento le he deseado la muerte. Y no me alegra. Puedo alegrarme, sí, de que haya sido juzgado (tarde lamentablemente, pero llegó). Puedo alegrarme de que haya ido preso. Pero su muerte no me alegra.

Ojo, no me creo más que nadie: entiendo perfecto a la gente que sí se alegra. Los sentimientos son lo que son y salen como salen. A mí, la muerte de Videla me recuerda todo el mal que le hizo a nuestro país y a tanta gente. A mí, el odio que le tengo a Videla me dice que en algún lugar muy chiquito, este desgraciado nos ha ganado: este tipo sembró muerte, sembró odio, sembró tortura (y esto dejando de lado que sembró pobreza y hambre). Yo creo que el odio que yo le tengo a este tipo es su pequeña victoria sobre mí. Yo creo que si Videla me hubiera conocido, él querría que yo lo odie.

Este texto no intenta mostrar ningún camino a seguir, ni decirle a nadie como debería sentirse. De hecho, es factible que esté lleno de contradicciones. Pero ese es justamente mi sentimiento en este momento: un cúmulo de contradicciones. Porque así como creo que este odio es la victoria de Videla, también debo decir que en mi país las cosas han cambiado: en mi país hay gente que piensa igual que Videla (aunque muchos no se animen a decirlo), y puede que sean muchos, pero son los menos. En mi país, hoy en día, a la gente que hace las cosas que hizo Videla se la juzga. En mi país, los jóvenes están en las calles. En mi país no reina el miedo. Y esa es, a mi manera de verlo, nuestra victoria sobre Videla. Yo no me alegro por su muerte. Me entristezco por todo lo que nos ha hecho. Y me alegraré si el recuerdo de tanto dolor sirve para empujarnos hacia la vida, a creer y a hacer. Si esto es así, lo hemos vencido. Si esto es así, murió La Muerte.

sábado, 11 de mayo de 2013

De días extraños, cementerios y Neil Armstrong


¿Ha sido todo siempre así o ha habido otros tiempos? Hace pocos días le dije a alguien, citando a otro alguien, que los días extraños nos habían alcanzado. Ahora, sumido en la extrañeza, todo es ajeno. Entre tanto extraño es difícil saber cómo son realmente las cosas. En realidad, el miedo es no saber cómo han sido anteriormente. Sufro un horrible temor al pasado. Pavor al pasado. Dolor del pasado. Añoranzas del pasado.

¿Cómo fue que los días extraños nos alcanzaron? ¿Dejamos, acaso, que eso pase? ¿Podríamos, acaso, haberlo evitado?




Todo aquí carece de vida. Un cementerio. Un depósito de muerte. Muertos, llorados por gente con el alma muerta, que llevan flores muertas, arrancadas de la vida. Un desierto enorme. Un soberbio cúmulo de tristeza eterna, pues no tiene retorno. No hay vuelta atrás ni para los muertos, ni las almas que los lloran, ni las pobres flores, victimas diarias de las almas que lloran. Son, las flores, quienes se han llevado la peor parte: son masacradas en su juventud y enfrentadas con la imagen de la tristeza. Son condenadas a agonizar, adornando la muerte. Finalmente marchitan, vencidas por tanta muerte. No hay flores vivas en el cementerio. No hay almas vivas en el cementerio. No hay gente viva en el cementerio. Un cementerio es como la Luna: un desierto eterno. Ni un habitante. Un grave dolor en el pecho. Un lo que pude ser, mas ya no será.

lunes, 22 de abril de 2013

Babel, uno


¿Cómo y por qué llega el escritor a su texto? Hoy por hoy, no sabría decirlo. Yo he llegado a este escrito de la peor manera. Me enfrento a la hoja sin saber que decir. Tal vez lo mejor, entonces, sería quedar callado y no escribir. Pero no solo son impulsos a decir cosas… no solo son impulsos de vida los que llevan a la escritura. Hay impulsos mucho más oscuros. No sé qué decir.

Remember when you were young? You shone like the sun…

Hoy me encontré, de sopetón, con mi pasado. De forma totalmente inesperada y mientras pasaba por Guardia Vieja y Salguero – en un recorrido casi habitual – el pasado agarró una maza y me la partió por la cabeza. Quedé paralizado mirando la ventana de un balcón y un cuarto donde supe pasar grandes momentos de mi juventud. Una ventana que una vez tuvo pegado un pequeño corazón colorado y de un material gelatinoso, con el que yo jugaba en la oscuridad de un cuarto solo alumbrado por el amor adolescente. Yo apretaba el corazón con el índice derecho, mientras mi mano izquierda acariciaba el pelo o espalda de mi compañera.

Traté de sacudirme la imagen de la cabeza con un movimiento rápido y seguir caminando.

Yes, I walk around somehow, but you have killed me.

Pensé que ya habría pasado, mas la imagen del pequeño corazón colorado parece haber vuelto para quedarse. Me veo, una y otra vez, inmóvil en Guardia Vieja y Salguero, con la cabeza partida por un mazazo. Inmóvil, mirando la ventana, mirando al pasado, mirando al amor que ya no es.

Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.

Definitivo, como un punto final. Rotundo, como ese “hacé lo que quieras” que te decían tus viejos. Esa frase que te quedaba picando en la cabeza y te hacía saber que, hicieras lo que hicieras, seguro que no iba a ser lo que querías.

Cold as a razor blade, tight as a tourniquet, dry as a funeral drum.

De hecho, me velé en vida en ese momento. Es resto de mi día fu un cuento del mejor realismo mágico de García Márquez o Jorge Amado. Morí ahí y después seguí mi día naturalmente, como para poder volver a morir ahora escribiendo y además poder verme muerto. Verme mirando la ventana, imaginando que todavía tenía pegado un corazón colorado

Now there’s a look in your eyes, like black holes in the sky…

Desconcierto. No puede haber nada peor para alguien tan obsesivo.  La incapacidad de tener control sobre algunas situaciones de la vida es desquiciante. Una incomodidad dual que paraliza y al mismo tiempo obliga a moverse en búsqueda de algo. Y el mazazo. Y el corazón colorado. La ventana. El amor. La espalda. El pasado.

Te diría que estoy muerto, mi amor. Eso es lo que te diría. 

sábado, 20 de abril de 2013

A los 28...


Pareciera que van 28 minutos del segundo tiempo. Pareciera que el otro equipo está más que conforme con el empate. Pareciera digo, porque ¡vaya uno a saber qué pasa por la cabeza de los jugadores del otro equipo! ¡Vaya uno a saber qué hablaron en el vestuario! ¡Vaya uno a saber qué les pidió el técnico! Habría que ver, incluso, si no están jugando motivados por tentadoras ofertas de otros equipos.
Pareciera que van 28 del complementario y el otro equipo se ha cerrado herméticamente. Puedo tocar y tocar en la mitad de la cancha. Puedo mover la pelota de un lado a otro, pasando por mis cuatro volantes, mas será imposible filtrar una bola. Se han abroquelado como un bloque de hormigón. Parecen ser, realmente, impenetrables.

Y van 28 minutos del segundo. Mis jugadores saben que el tiempo apremia. Sabemos que queda poco. Pareciera que el otro equipo también lo sabe y juega, entonces, con nuestra desesperación: nos entrega la tenencia del balón y nos encarga la propuesta creativa. Saben que cualquiera de nuestros intentos se verá frustrado en alguna de sus férreas líneas. Así, descansan tranquilos en nuestra inutilidad; en nuestra inoperancia. Que quede claro: no tenemos el balón por nuestras bondades propias, sino únicamente porque los rivales han decidido que así sea; porque nos lo han entregado.

Mis jugadores miran al banco de suplentes. Miran al banco esperando la salvación. Miran como los niños miran a los padres cuando saben que no pueden con algo y esperan que se los rescate de algún brete. Mis jugadores miran al banco, para encontrarse con el gesto rendido del técnico. Las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, este pobre hombre mira, a su vez, a los suplentes y piensa en quién puede entrar ahora que las papas queman. Mira a los suplentes lentamente, uno a uno y esboza una leve sonrisa al llegar al último… No, no no. El último suplente no es Riquelme, Maradona o Messi. No. Llega al último suplente y esboza la sonrisa de quien se sabe derrotado. Entonces vuelve a mirar al campo, a los jugadores que, cual niños, lo siguen esperando y les hace un gesto de “tranquilos muchachos, que hay tiempo”.

La gente también entiende lo que está sucediendo. “¡28 del segundo viejo, tenemos que ganar cueste lo que cueste!” Entonces, desde algún lugar, sacan la fuerza necesaria para hacer lo que deben hacer. Alientan y gritan como si no hubiera mañana. Es que para el hincha no hay mañana. El hincha ya mira el partido sin posibilidades: nada de lo que suceda en el campo depende de él y entonces decide pensar que lo que debe hacer es alentar al equipo con todas sus fuerzas. Y gritan. Y gritan. Queman sus gargantas en cánticos desaforados que parecen llevar al equipo adelante. Parecen.

Una suerte de furia recorre el estadio. Mis jugadores parecen querer sacudirse el letargo, volver a enarbolar sus banderas, romper el tedio. Sin embargo, puede verse en sus rostros, puede escucharse en el latir de sus corazones ese resto de duda. Ese pequeño espacio de sus almas que les recuerda que van 28 minutos del segundo tiempo, que tal vez ya sea demasiado tarde. Ese hueco lleno de miedo que los paraliza y les dice que no tiene sentido avanzar. Nuevamente, la búsqueda guía sus miradas al banco de suplentes. Y nuevamente, “tranquilos, que hay tiempo” de parte del entrenador.

Los jugadores, sin embargo, pueden parecer tontos, pero no lo son. Todo el estadio sabe que el reloj marca 28 minutos del segundo tiempo y que todo está por terminar. Han todos de seguir esperando que se dé un milagro; que un jugador se ilumine. Que alguien frote la lámpara y surja repentinamente la magia que ha sido esquiva durante todo el partido. Pero sin Riquelme, Maradona o Messi, es poco probable que veamos algo de magia.