viernes, 5 de diciembre de 2014

La vida misma (y las otras vidas)

A veces me llegan recuerdos de otro tiempo. Diría, casi, que son recuerdos de otra vida. Lo diría pero no creo en reencarnaciones ni nada parecido, así que supongo que no puedo decirlo con exactitud. De todas maneras, no creo que haya que reencarnar para vivir otras vidas. Yo diría que llevo vividas al menos cuatro. Y me llegan a veces, inesperadamente, recuerdos: una torta y un baile con una abuela que ya no está en una terraza que ya no es; un asiento de colegio lleno de frases de canciones que ya no escucho; un beso que ya no doy; un viaje en colectivo de rutina que ya no hago. Los recuerdos suelen tener eso. Muchos de ellos son sobre cosas que ya no son. Mi memoria es selectiva y de corte evidentemente nostálgico. Y decía que parecen ser otras vidas porque ya no voy a levantarme nunca a las siete de la mañana para tomar el 124. Nunca voy a volver a sentarme en un banco de secundario a escribir frases de canciones con liquid paper. No voy a volver a bailar en un balcón terraza con mi abuela. Entonces esas vidas han muerto. Como pasa con cualquier muerte, por pequeña que sea, quedan recuerdos, quedan sonrisas y quedan llantos. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Diciembre



Diciembre. En los campos el sol raja la tierra. En las ciudades el sol raja el pavimento, la tierra que hemos puesto sobre la tierra. En ambos, el sol raja las espaldas, quema los cuellos, empapa las frentes. El sol pesa en los hombros y los hombres y las mujeres cargan con su peso como han cargado siempre. Cada diciembre hombres y mujeres dicen y se dicen que están más cansados. Se dicen que la carga es cada vez más pesada y que ya no pueden tolerarla.

Diciembre. La intranquilidad hace el aire denso. La densidad del aire se pega en los cuerpos y molesta en la piel. La intranquilidad pone al cuerpo alerta y a la mente alterada (o acaso sea al revés). Hombres y mujeres se convierten en pequeños barriles de pólvora. El cansancio, el sol, la intranquilidad, la alteración, el estado de alerta. Ya sólo nos falta la chispa.

Diciembre, y aquí llegan los grandes mercaderes de la patria (y el mundo). ¡Y cuánto que saben de chispas! Cada diciembre los mercaderes se comportan como niños que lanzan piedras al avispero que pende sobre las cabezas de muchos. Pero que no haya lugar a confusiones. Las piedras son lanzadas desde distancias más que prudenciales. Los niños que las lanzan no corren riesgo alguno, aunque eso digan, aunque eso vendan. Cada diciembre nuestro amo juega al esclavo. Cada diciembre el poder se disfraza de hambre para manipular al verdadero hambre. Se disfraza de descontento para intentar revolver al verdadero descontento.

Porque siempre hay hambre y hay descontento. Y si bien hay unos más culpables que otros, lo que más duele es que todos queremos que los haya. Todos somos responsables de ese hambre. Y también eso genera odio. Genera odio en quienes padecen ese hambre, en quienes somos participes de su padecimiento y preferiríamos no verlo, y en quienes causan directamente ese hambre. Y los que causan ese hambre están siempre al acecho. Siempre. Y llega diciembre y se disfrazan, juegan a ser pares y le revuelven las tripas al hambre y le dicen que vaya y robe. Le dicen que vaya y mate. Le meten mano al descontento y le dicen que hay que parar todo. Le dicen que basta de todo. Y mientras le cuentan las costillas. Porque lo que menos quieren es que no haya hambre. Los mercaderes de la patria viven del hambre. Viven del descontento. Se regocijan al ver que sus sátrapas cumplen la tarea a la perfección. Se regocijan y descansan en la distancia prudencial del avispero que sus sátrapas les otorgan.

Los sátrapas pueden, entonces, tener la satisfacción de la tarea cumplida. Satisfacción, no alegría. Satisfacción, no calma. Satisfacción, mas nunca amor. El sátrapa no puede amar su tarea. En algún lugar sabe. Muy en el fondo sabe. Se puede poner mil excusas. Alguien lo tiene que hacer. Yo no le hago mal a nadie. Si no fuera yo, sería otro. Yo me tengo que ocupar de los míos. El sátrapa puede ponerse tantas excusas como necesite, pero en el fondo sabe lo que está haciendo. Sabe que su tarea es una traición a los otros y a sí mismo. Quien ha abandonado a los suyos para encaramarse detrás de los macabros deseos de los amos, de los turbios intereses de los mercaderes, del hedor de la muerte que estos planes generan, ha traicionado a los suyos, traicionándose a sí mismo. Y lo ha hecho por unos cobres, otorgándole a los amos aquella distancia que necesitan para jugar sin ensuciarse. Distancia prudencial, para que la mierda nunca les salpique.

Habrá, entonces, que afilar las lanzas y acortar las distancias.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Incógnitas

Y después de un rato… y ojo, tengamos en cuenta que es un rato laaaargo largo eh; después de un rato a algún loco se le ocurre decir: “Pero discúlpeme Equis, ¿usted qué haría?”

Y ahí todos dejan lo que están haciendo. Todos ponemos absolutamente todo en pausa, porque Equis, que lleva años contándonos lo ineptos que somos y lo epto que es él, nos va a explicar la verdad de la milanesa. Equis, es tu momento: brilla tú, loco Equis. Somos todo oídos.

Equis aclara la garganta. Crece el suspenso. Nos comemos los codos. Se viene la solución a la totalidad de nuestros problemas. Y arranca: “Bueno, este es un tema complejo”. Relojeamos, entonces, hacia los costados. Nos preguntamos si a alguien más esto le parece una verdad de perogrullo (palabra que por cierto tuve que buscar en el diccionario). Y vemos que de costado también hay alguien relojeando. Vemos eso, pero también vemos a alguien que dice “¡Por fin! ¡Por fin alguien comprende la dificultad del problema! Yo creo que Equis tiene claro a dónde tenemos que ir”.


Y yo, yo que estaba relojeando me quedo azorado. Me enojo, me enervo, grito, despotrico, rio incredulamente. Me pregunto si Equis ha dicho algo que yo no he escuchado. La tecnología luego me permite comprobar que no es así. La tecnología me asegura que Equis no solo no ha dicho algo que yo no haya escuchado, sino que Equis no ha dicho nada. Resulta que después de tantos años, cuando a Equis le toca la hora de proponer, Equis no tiene nada. Equis se ha pintado de futuro, para alzar su copa y brindar con el pasado. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Todo cambia

Si La Negra lo dice, debiera ser cierto. Sin embargo, a uno le gustaría pensar que no. O tal vez es mejor creer que los cambios son siempre positivos y deseables. Si todo cambia, no es extraño que yo cambie. No solo no es extraño sino, acaso, natural.

Veamos: yo he tenido el pelo largo y he sido pelado; he tenido barba y me he afeitado; he sido católico y soy ateo. He vivido en Almagro, Villa Crespo, Caballito, Palermo y Balvanera. He cambiado de colegio, de carrera y de trabajo. He sido amigo de gente con la que ya no tengo trato.

Sí, la Negra tiene razón. He escuchado música que ya no escucho. Mi película preferida ya no es Mi Pobre Angelito. Ya no uso joggings ni jeans rotos. Fui flaco, una vez. Tuve una banda que ya no tengo.

¡Ay, Negra! Me negaba a creerte hasta el día de ayer. El segundo fin de semana de Agosto de 2014, a mis 29 días del Niño, me vengo a enterar – de la forma más triste – que la Negra tiene razón. ¿Y sabe qué? Yo estaba convencido de que había una cosa – aunque fuera sólo esa única cosa – que no podía cambiar. Me aferraba a eso que también vos decías. Eso de que no cambia el amor, el dolor y el recuerdo. No cambiaban, hasta ayer. Y mire que se lo dice un tipo que nunca fue muy futbolero; pero yo siempre fue de Boca. Siempre. No le voy a decir que, tal como rezan los cánticos, lo soy desde la cuna porque sería mentirle. Pero de chiquito sí, probablemente por las amistades.

Recuerdo, en alguna infancia llena de fracasos, haber festejado triunfos ajenos contra rivales aún más ajenos por Copas Libertadores. Y esa había sido la última vez. Algún gol del Turu Flores en Brasil, o algo parecido. Pero desde ahí, yo no he gritado goles ajenos, ni siquiera contra los archirrivales. No grité el de la Juventus contra River, de tiempos lejanos ni el de Nacional del otro día contra los Cuervos. ¡Y eso que fue en el último minuto!¡Y con lo que odio a los Cuervos! Pero no, desde aquella infancia remota, no he gritado goles ajenos.

Usted y yo bien sabemos a dónde va esto. Podrá decirme, entonces, que es cierto. Que todo cambia. Sí, es posible. A mí, el sábado pasado, cuando promediando la tarde lo vi al tipo vestido de blanco y rojo, me corrió un escalofrío por el cuerpo. ¡De blanco y rojo se fue a vestir para peor! Muerte. Y al rato me di cuenta que la Negra no ha mentido y que todo, efectivamente,  cambia: hasta la pasión por los colores.


Porque cuando el tipo clavó el zapatazo (que ni siquiera fue tan bueno) yo me paré emocionado y grité bajito (sí, le juro que se puede) un gol. Y ya no era un gol ajeno. Ahora los domingos sobran. Ahora hay once tipos que todos los domingos se pondrán camisetas que les queden grandes, que les pesen toneladas. Y habrá, incluso, algún pobre joven que tenga que ponerse una camiseta hecha de plomo. Algún muchacho tendrá que disfrazarse de alguien que no es, para mentirle a millones de personas. Para hacerles creer que la Negra miente y que todo sigue igual. ¡Pobre muchacho!¡Pobres de todos nosotros ante la llegada de los domingos vacíos! Todo cambia. Todo. El almanaque ahora esperará la tarde de cada sábado.

martes, 13 de mayo de 2014

A su marcha todo hace temblar

La tarde es gris. Llueve. Vienta (puristas abstenerse). Las gotas parecieran querer disipar lo que se gesta.  El otoño empieza a dar lugar a un invierno que promete ser crudo. Pero todavía falta. No hay que rendirse ante la llegada de los inviernos crudos. Todavía, en nuestro otoño, se puede dar pelea. Se sabe y se siente. Se intuye y se palpa que hay que dar de pelea. Quien se deja detener por un invierno no merece la victoria. Y así, no hemos de dejarnos amedrentar tampoco por la lluvia y el viento. Las gotas, cual emisarias del poder, pueden buscar intimidarnos o enviarnos a casa. ¡Qué busquen!

El clima es tan adverso como el panorama. Diagnóstico y pronóstico son esquivos. ¿Cuándo no lo han sido? ¿Ha importado eso? ¿Importa, ahora? El canto le avisa a las gotas que no han de lograr su cometido: no hemos de movernos. El canto le afirma a las gotas que somos uno, impenetrable, y que su fuerza no sirve de nada. Ardemos y las gotas pueden intentar, en vano, apagarnos. Ardemos. Somos amor que se hace furia. Somos furia que se hace canto.


Mientras tanto, en la torre del reino observan con temor. Pensaban que la lluvia tal vez pudiera hacer algo. Pensaban que callaríamos. Pensaban que la resistencia podía aplacarse. ¡Qué piensen! Todos (y no sólo en la torre) miran como la resistencia se afirma. Miran como la lanza de la resistencia se vuelve cada vez más aguerrida. Ven como el rostro se endurece y el canto se hace fuego. Ven y temen. Saben que todo ese fuego pronto ha de arrasar con sus torres y acabar con ellos. Saben que ya no ha de alcanzarles con partir una lanza, ni con una lluvia ni un crudo invierno. Han de necesitar mucho más. No podrán con el apoyo de todos los mercaderes ni los reyes de turno. No pueden si quiera, contar con el paso del tiempo. Este fuego no se apaga. Este fuego es amor, es furia y es canto. Y sigue. Siempre. No se va.