2. Yo creo que en el pre prologo habría que poner el porqué se escribe un libro... o algo así, ya que el prologo debería ser la introducción al libro mismo. Bueno, entonces les cuento que el aburrimiento me lleva a comenzar la redacción de mis memorias. Me enfrento entonces a dos problemas: en primer lugar mi corta vida y en segundo mi falta de memoria.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Mis Memorias: Pre Prólogo
martes, 22 de febrero de 2011
Basta
*Nota: creo que este escrito podría ser infinitamente mejor, pero hoy salió así. Si llega el día, será mejorado. Mientras tanto, me conformo con comunicar la idea, sin importar las formas.
Por favor, paremos! Les suplico, basta! Estoy harto… creo que a la próxima salgo a matar o me mato. Basta de eso de que tenemos que “disfrutar cada segundo como si fuera el último”. A ver, tomemos dos segundos para pensarlo: si algún segundo fuera realmente el último, no lo disfrutaríamos en lo más mínimo: estaríamos aterrados! Pero incluso dejando de lado la cuestión lógica, si presuponemos goce previo a la muerte inmediata, no quiero! NO quiero disfrutar cada segundo. Es una cosa que no me interesa ni remotamente.
Quiero tener tiempo: quiero rascarme, aburrirme, dormir, llorar, mirar el techo… hay mil cosas que quiero hacer y cientos de ellas que ni siquiera tengo interés en disfrutar. Cuando me dicen esas cosas de cada segundo, me imagino a un pibe en un boliche que se clavó 2 pepas de éxtasis y quedó al palo.
Yo, personalmente yo, prefiero no. Prefiero relajarme, tomarme un rico fernecito y tirarme en la cama a ver pasar el rato. A embolarme. Si de golpe me agarra un patatús y me muero y me perdí 1200 segundos, no me importa. Me muero re tranquilo.
domingo, 22 de agosto de 2010
...o dominados...
Alguien me hizo notar la gravedad de la situación unos días atrás. Cuando me dijeron lo que sucedía, temí. Debo decir que de alguna manera subconsciente, yo estaba al tanto de lo que ocurría; pero el no haberlo verbalizado – probablemente por el propio miedo – me mantenía a salvo. Ahora todo era distinto: una vez más me acechaba una paranoia casi norteamericana.
No me dejé estar. Mejor dicho, no me dejé estar más de lo que ya me había dejado. Como buen hombre moderno, procedí a la solución del problema con el primer paso con el que todo hombre procede en estos tiempos: hice una búsqueda en internet. La situación empeoró.
Uno de los resultados con los que di definía a la pelusa como “polvo y suciedad que se acumulan en los lugares que se limpian con menor frecuencia”. Esto no sería nada, si el diccionario no proveyera un ejemplo. En este caso decía “hay pelusas detrás de cada puerta”. Estaba todo dicho.
Mi casa tiene diez puertas, sin incluir armarios – las acabo de contar. Terrible. Siniestro. Detrás de por lo menos nueve de estas puertas hay pelusa. Las estadísticas nos condenan. Como simple ejercicio mental imaginemos que hay diez casas por cuadra con diez puertas por casa. Si su barrio tuviera solo diez cuadras, habría en su barrio unas mil puertas, de las cuales novecientas, contarían con pelusa – o pelusas como prefiere decir el diccionario.
¡Tema! ¡Corra y grite! Escóndase detrás de la puerta que no tiene pelusa y ciérrela. Usted pensará que es solo pelusa, pero si se detiene un segundo, hay algo que el diccionario no le dice. Claramente, las pelusas forman colonias y sociedades complejas: tengo una Roma de pelusas detrás de la puerta de mi cuarto y una Grecia de pelusas entre los cables de mi computadora. No son una pelusa suelta de esas que quedan debajo de la media y usted remueve cuando se sube a la cama, no. Son largos conglomerados de pelusa, desentrañables.
¿Ya se dio cuenta? La pelusa sabe. Se queda detrás de la puerta, para eventualmente prohibirme la entrada y toma la computadora para dominarme desde la tecnología.
Espero que este escrito llegue a tiempo y usted pueda hacer algo al respecto. Yo estoy paralizado por el miedo. Esto es lo más que puedo hacer…
miércoles, 30 de junio de 2010
Y hacia Caballito vamos...
Pero lo que sí sé es que no nací en Caballito. No, no. Caballito es el barrio que elegí para morirme. Sí, hace cuatro años me vine para Caballito, movido por las circunstancias. Me corrieron, me echaron de Almagro. Me exiliaron. Y decidí pasar mi ostracismo en Caballito.
¿Que por qué? No, no es que disfrute pisar mierda todos los días. No, tampoco miro vidrieras. No, no son las confiterías y las casas bajas, ni esquivar a los viejos con paraguas. No. Como le dije, a Caballito me trajeron las circunstancias y creo que fue el mismo día que llegué que me di cuenta que me moría acá. Eso si que me acuerdo. Lo que se lloró ese día… amuchado en un rincón, abrazando a mis rodillas y llorando. Bueno, ese día me morí un poco, en el exilio. Y tal vez fue ahí que me di cuenta. Me gustaría pensar eso, y no que tardé cuatro años más en notarlo.
Cuatro años después sigo en ese rincón, abrazando mis rodillas. Cuatro años después sigo entre llantos, en el rincón. Hoy sé que ya está. Dígale como quiera: las cartas están echadas, el destino está escrito, la suerte… algo. Esto que parecía un exilio, del que las circunstancias acaso podrían haberme quitado, se convirtió en eterno. Se instaló, como la niebla que se recuesta y pone cómoda entre dos montañas y no parece querer levantarse. Así, mi exilio solo llega a su fin con mi muerte. No muero de pie, ni viví de rodillas. Viví amuchado, en un rincón, llorando.
martes, 16 de febrero de 2010
De muertes y apagones
Cuestión que los libros pueden decir lo que quieran sobre Thomas Edison y su muerte. Los libros le inventarán cualquier fecha, pero usted y yo sabemos que Edison murió el 15 de febrero de 2010, dejando atrás a todo el barrio de Caballito sin luz por largas horas. Claro está, la energía eléctrica había decidido velarlo.
Pero quien sabe cómo o por qué tramoya del destino, habrá nacido esa madrugada en algún rincón otro Edison – o por lo menos un Tesla – porque tan repentinamente como se había ido, la luz volvió. Y volvió con tanta alegría que hizo una fiesta inigualable, quemando todas las computadoras y heladeras del barrio de Caballito.
Pero claro, todo esto no aparece en los libros. ¡No importa! Esta humilde hoja un día también se va a cansar de que no la escuchen, de las risotadas burlonas mientras la leen. Se va a cansar, le van a salir arrugas, se va a poner amarilla y se va a convertir en un viejo libro.
Y ahí, ese día, ella se va a reír y podrá decir todas las incoherencias que quiera, impunemente – como solo los libros y ancianos pueden hacerlo