Yo diría, casi con certeza, que
mi único recuerdo de esos bellos días es que ella tenía un lunar en el ojo. Sí,
juro que lo tenía. ¿Habrá sido algo tan llamativo o yo le habré dado demasiada
importancia? Sobre eso, ya no tengo tantas certezas. Es extraño, pero creo que
ese es el único recuerdo real. El resto, acaso, habrá sido una fabricación del
tiempo. De este tiempo. De todo el tiempo en el que ya no está. Entonces se ha
convertido en una diosa de un Olimpo fabricado, con un lunar en un ojo. He
arrojado por tierra cualquier miseria, cualquier mínimo detalle que pudiera
opacar sus atributos. He ensalzado todas sus virtudes. Mi amor se ha
acrecentado exponencialmente. He cantado loas en su nombre. He llegado,
incluso, a creer que ella me ha amado. Peor aún, me he creído merecido acreedor
de ese amor. Mas algunos días despierto después de confrontaciones que también
son inventadas – pero estas al menos de forma subconsciente – y lo único que es
cierto es que tenía un lunar en el ojo. El resto puede haber sido un cuento
fantástico: pero al menos de los buenos; uno de esos que dejan un vacío en el
alma al llegar al fin.
viernes, 30 de agosto de 2013
miércoles, 31 de julio de 2013
De las cosas y los esquemas
Recuerdo que he sabido tener un
esquema de distribución de las cosas. Sí, soy un tipo ordenado y obsesivo.
Entonces, los esquemas se convierten en necesidades. Cuando todavía me dedicaba
al estudio, tenía mi habitación llena de libros, papeles, fotocopias y apuntes.
Mi esquema era el siguiente.
Las cosas en uso iban tiradas en
el piso, al lado de la cama. Todo aquello que necesitara leer o estudiar tenía
que estar a mano. Si estuviera guardado, no estudiaría. O al menos esa era mi
lógica. Entonces, un sector importante de mi piso estaba cubierto de apuntes
que se movían de la mochila a la cama de acuerdo a las necesidades diarias.
Las cosas en lo que llamaremos
“uso eventual” iban en el último cajón de la cajonera. Esos libros o apuntes
que los profesores se empecinan en llamar “bibliografía consultiva” o “no
obligatoria”. ¿Sabrá, acaso, el docente que está condenando al libro al último
cajón de la cajonera? ¿Quién, en su sano juicio, se volcaría a la lectura de la
bibliografía no obligatoria antes de un parcial? Entonces, mi cajonera de cinco
cajones cargaba con un primer cajón de boxers, el segundo de medias, el tercero
de pulóveres, el cuarto de misceláneos (léase un gorro de lana, el sombrero de
arlequín de la selección de algún mundial remoto, unos guantes mágicos, una
linterna, una rodillera) y un quinto cajón para los apuntes y libros condenados
desde su génesis al ostracismo.
El tercer estadio por el que
podían pasar las cosas en mi cuarto era el estante de arriba del placard. Allí,
tenía una caja gigante donde ponía todos los apuntes y libros de materias
aprobadas (siempre y cuando considerara que el material no sería necesario en
otra materia). Era menester hacer este estudio de forma precisa, ya que una vez
que los papeles alcanzaban este punto, era muy poco probable que hubiera vuelta
atrás. La caja del estante de arriba del placard solo se abría para agregar
papeles. Abrirla para sacarlos implicaría una búsqueda interminable, ya que lo
que llegaba a la caja no necesariamente estaba clasificado y dividido.
Lógicamente, usted ya habrá
notado más de una falla en el esquema. La que yo encuentro, con claridad, es la
limitación espacial que cualquiera de los tres estadios presupone: el piso de
mi cuarto no es eterno (si bien ha probado ser el más eterno de los tres); el
último cajón de la cajonera es finito; la caja gigante del estante alto del
placard no es tan gigante. ¿Cómo seguir? ¿Cómo se vence a las restricciones
espaciales?
Desde pequeño, recuerdo la
solución ofrecida por mi madre. Tenía yo una colección interminable de juguetes
Playmobil. Usted recordará a esos muchachitos cuadrados con las manos en
posición de agarrar algo y una especie de peluca también cuadrada que a su vez
funcionaba como tapa de un cerebro inexistente. Bueno, yo los tenía todos.
Tenía el barco y la nave espacial. La taberna y el fuerte. Los buenos y los
malos. ¡Y caray que los usaba! A diario desplegaba mi enorme colección en el
piso de mi cuarto y veía pasar las horas inventando historias. Cuando la hora
de cenar llegaba, mi madre me instaba a restablecer el orden. Las intimaciones
llegaban en forma reiterada y con amenaza de acciones legales si yo no cumplía
mi parte: “¡Guardá esos juguetes porque mirá que te los voy a tirar
todos!” Debiera yo, en ese entonces,
haber buscado una solución de raíz. Debiera yo haber pedido a mi madre que
compre uno de esos cestos donde se pone la ropa sucia como para guardar mis
juguetes con facilidad y disponer de ellos de igual manera cuando lo deseara.
Sin embargo, parece que ya era peronista desde pequeño y las soluciones de raíz
no eran mi fuerte. Así, yo procedía con paliativos. Mi madre quería orden y yo
empujaba todos mis juguetes debajo de mi cama. Orden. Funcionaba debo decir. Funcionaba hasta que
un día mi madre echó a los montoneros de la plaza, entró con furia a mi cuarto
– furia y una bolsa de consorcio – se arrodilló en el piso, miró debajo de la
cama, me miró y comenzó con la masacre que acabó con mi interminable colección
de Playmobil. Ya no tenía ni el barco ni la nave. Ni la taberna ni el fuerte.
Ni los buenos ni los malos. Ahora sólo tenía el orden.
Siempre es un curso de acción
posible: ante las limitaciones espaciales, tire todo. Pero pasa que hay
muchísima de esa otra gente: esa gente que nunca tira nada. Los hay por
montones. Hay incluso gente, como mi tía, que cada vez que alguien va a tirar
algo, se apodera de la cosa y la guarda. O sea, no solamente acumula su basura
sino también la ajena. No sé cómo hacen para vencer las restricciones
espaciales. Supongo que han de creer en Dios.
De todos modos, yo no quería
tirar mis apuntes y libros. Siempre cabía la posibilidad de que fueran
necesarios. Afortunadamente, mi casa me ofrecía una solución. Tenía yo, en ese
entonces, una baulera. Una gran y sucia baulera. Trasponiendo las barreras del
ascensor, que llegaba al piso 15, uno se aventuraba escaleras arriba y con una
llave que funcionaba de no muy buena gana, se adentraba uno en este infinito
reservorio de cosas. Así, cuando el piso estaba atestado, el cajón lleno y la
caja apunto de desfondarse, el esquema explicaba que el paso a seguir era el
siguiente: aquello que estaba en el piso pasaría al cajón. El contenido del
cajón debía ser trasladado a la caja en el placard. Y, por último, lo que
estaba en la caja era cargado a la baulera.
¡Genial! Las restricciones espaciales habían sido derrotadas. Si yo
fuera Maradona, les sugeriría a estas restricciones un curso de acción – pero
no quiero ofender al buen gusto. La baulera ofrecía muchísimo espacio, por lo
que la lógica se convertía en infalible.
Sí, lo sé. Este es claramente el
momento en que empieza mi ocaso. Un héroe trágico en el pico de su alegría. Dije
“la lógica es infalible” y aquí yace mi error. ¡La ironía! Hace un tiempo
visité la baulera. Las cosas están ahí. Ningún siniestro ha ocurrido: no ha
habido robos, inundaciones, incendios, ni las ratas han comido nada. Pero de
repente me encontré solo en el silencio sepulcral de la baulera. De pronto
apoyé una nueva caja que había traído para guardar y vi lo que era ese lugar. Dejé
la caja, levanté la vista, miré alrededor. Entre la soledad y el silencio, vi
los distintos espacios destinados a cada departamento para guardar sus cosas.
Mi edificio tenía tres departamentos por piso y quince pisos, generando un
total de cuarenta y cinco compartimentos. Cuarenta y cinco nichos, porque en realidad me percaté en
ese momento de como la baulera era un cementerio en el que todos los vecinos
depositábamos nuestras cosas. Las enterrábamos. Estaba yo enterrando cosas en
un cementerio. Peor aún. Estaba yo enterrando cosas vivas en un cementerio. Me
sobrevino cierto escozor. ¿Por qué alguien dejaría sus pertenencias en ese
lugar de desolación? La imagen de todas esas cosas en desuso agonizando en la
baulera fue aterradora.
Lámparas, trofeos, estantes,
cuadros, electrodomésticos. Todos pidiendo a gritos que se los restituya a sus
funciones o que se acabe con su miseria. ¿Cuál es la función de una lámpara sin
bombita y con la tulipa ajada en un lugar sin gente? ¿A quién ha de alumbrar?
¿Qué conmemora un trofeo de primer puesto en el torneo regional, si ningún
amigo visita y pregunta por la hazaña? ¿Qué le queda a una licuadora llena de
polvo y pelusa? ¿Quién ha de interesarse en ella alguna vez? Un lugar entero
lleno de cosas que habían sido y ya no eran. De elementos que una vez tuvieron
una función y que alguien no quiso tirar.
Ahora, yo entiendo la existencia
de gente como mi tía, de esa gente que no tira nada. Pero creo que la pregunta
se sostiene: ¿por qué no se han tirado estas cosas? ¿Por qué se somete a una
lámpara a no alumbrar nunca más? Se me ocurre ensayar que la respuesta sigue a
una de dos cuestiones: o la persona no quiso tirarlos pensando que algún día
podría necesitarlos (estimo que este es el caso de mi tía) o, más probable, no
quiso cargar con la culpa de la muerte de uno de esos elementos. “¿Cómo voy a
tirar esta lámpara? Si tiene más de treinta años y además funciona perfecto”.
Claro, no la tire no. ¡Condénela!¡Enciérrela y dígale que ya no ha de
brillar!¡Quítele su bombita y anude el cable a la base! Y lo peor de todo, deje
esa lámpara guardada en la soledad de una lúgubre baulera. Déjela allí, así se
llena de esperanza cada vez que escucha que la llave juguetea en la cerradura.
Déjela así le dice a los trofeos: “Seguro que me vienen a sacar de acá. Yo
todavía funciono, tengo ese tajo en la tulipa, pero se arregla. Yo estuve en la
familia más de treinta años”.
Las bauleras no son un espacio
más donde guardamos cosas. Las bauleras son una suerte de confesionario donde
intentamos expiar culpas. Buscamos en ellas librarnos de tener que tirar cosas.
Guardamos algo en la baulera y no tenemos que enfrentarnos con la muerte de ese
objeto. Una baulera es un geriátrico de cosas.
sábado, 20 de julio de 2013
No hay camino
Me resultó bastante llamativo.
Sin darme cuenta, estaba caminando por las cuadras que había caminado siempre
otra vez. Y sin embargo, eran todas calles ajenas. Ese Almagro que supe conocer
parecía estar bastante cambiado. Empecé a notarlo en una esquina, donde antes
había una casa de alfajores y ahora se erige un negocio de telefonía celular.
En esa misma esquina, o mejor dicho, en las otras tres esquinas que comparten
su condición con esta, ahora no hay nada. Antes se mostraban una confitería, un
banco y una casa de ropa. Ahora no hay nada en su lugar, pero el banco, la
confitería y la casa de ropa ya no están. Amigos que habían vivido en esas
cuadras han buscado otros destinos, también. Se ha construido un enorme templo
– sobre el que prefiero que este escrito no haga mayores disquisiciones – que a
su vez se ha extendido para desalojar a una casa que estaba tomada.
En las
cuadras siguientes, ha cerrado un restaurante y hay un enorme agujero donde
había… ¿qué había? Creo que esa es la cuestión: hay un agujero enorme que
pronto será un edificio aún más grande donde antes había algo que ya no está ni
estará. Y no es que quiero hacerme el poeta porque no recuerdo lo que había (lo
que había era una peluquería, pero antes había habido incluso otra cosa). En la
misma cuadra, cerró la confitería que me dio medialunas por unos diez
años. Diez años de medialunas pueden
desaparecer por una decisión y una firma en un papel. Se cerrarán cocinas, se
descolgaran carteles, se tapiaran puertas y ventanas. Y un día vendrá otra
decisión y otro papel, y diez años de medialunas pueden ser una casa de
telefonía celular, un gran agujero, un edificio, un ciber. Pero, ¿qué pasa con
los diez años de medialunas? ¿A dónde van? ¿A dónde va el panadero que hacía
las medialunas? ¿A dónde va el mozo que las servía o el hombre que las
empaquetaba? ¿A dónde va la gente?
Ayer yo caminaba por Almagro y
mientras veía todos estos cambios, mientras veía como un pool ahora era una
juguetería, un nuevo mercado de flores, más agujeros enormes, viendo toda esta
nueva fisonomía empecé a pensar que tal vez ya no estaba yo caminando por
Almagro. Tal vez era otro barrio el que había decidido instalarse encima de
Almagro – acaso a pesar de Almagro – y tapar todo lo que era antes por cosas
que son ahora. ¿Habrá, si rascamos las paredes y los pisos un viejo Almagro
debajo de todas estas cosas nuevas?
O tal vez pasó otra cosa. Tal vez
Almagro encontró la manera de explicarme que las cosas han cambiado. Que las
medialunas no se pueden conseguir siempre en el mismo lugar. Que los celulares
han vencido a los alfajores. Que los edificios fastuosos y vacíos son mejores
que las casas tomadas, aunque estas últimas den vivienda a alguien. Tal vez
Almagro me dijo ayer que ya no tengo que ir a caminar por ahí, que ya no soy
bienvenido. Tal vez mi barrio me echó o simplemente me dijo que lo nuestro no
va más.
Aquí ha de concluir este escrito.
Le propongo dos finales, en los próximos dos párrafos. No quiera leer los dos:
no se puede comprar los dos; no se puede elegir los dos. En el párrafo
siguiente, usted tiene el final feliz, el del vaso medio lleno, y en el
próximo, el del vaso medio vacío. Elija su propia aventura. Yo sé cuál es mi
final.
Tal vez Almagro me mostró ayer un
nuevo camino. Me dijo que diez años de medialunas era lo que necesitaba. Me
dijo que era tiempo de crecer, de buscar, de caminar por millones de nuevos
lugares. De volver a descubrir. Mi sabio barrio supo marcar el rumbo.
Ayer caminé cuatro de las cuadras
más duras de mi vida. ¿Sabe usted cómo darse cuenta de cuando se tendría que
haber ido de un lugar? Cuando las caras de alrededor empiezan a ser otras. He
sido un mal huésped, mi querido Almagro. No supe retirarme a tiempo. Mis
disculpas.
sábado, 22 de junio de 2013
Prohibido girar en U
Te cuento que perdiste. No sé
cómo esperabas que fuera a salir esto, pero perdiste. Bah, asumo que esperabas
algún otro resultado, porque no creo que alguien se encamine a las cosas
esperando la derrota. Pero yo creo que en el fondo sabías. Sinceramente, no
podías esperar otra cosa. Perdiste, espero que por lo menos te hayas dado
cuenta. Porque no darse cuenta es de esas pocas circunstancias gravemente
peores que la derrota en sí. Quien pierde puede, simplemente, reconocerlo,
aceptarlo, felicitar al ganador – si es que hay uno – e intentar seguir viaje.
Pero no ver la derrota… tenerla delante de los ojos y no reconocerla, es
irrevocablemente triste. Por eso, me pareció oportuno avisarte. Perdiste.
Cuesta, sí. Pero lo mejor que te queda es agachar la cabeza, cerrar unos
instantes los ojos y tratar de asimilarlo. Pasar el mal trago, como quien dice.
Ojo, no te ilusiones. Es una de
las más viles mentiras eso de que la vida siempre da revancha. No. No siempre
hay revanchas, así como el hecho de que hayas perdido no implica que haya
ganadores. Nadie gana, acaso, pero a vos te sigue tocando la derrota. La
derrota eterna, dado que no hay revancha. Irreversible. Eso sí es una verdad de
la vida: la irreversibilidad. No hay retorno de derrotas como esta.
viernes, 17 de mayo de 2013
Sobre la muerte y La Muerte
Murió Videla, sí. Murió una
persona que nunca conocí y cuya imagen, sin embargo, me inspiraba un profundo
miedo, rencor, dolor. Una cantidad indescriptible de cosas cada vez que uno se
tiene que cruzar con una imagen de la cara de Videla. Peor aún si uno se sienta
a leer o escuchar alguna declaración de Videla: si uno se toma el trabajo
entiende porqué esa cara le produce todas esas cosas.
Murió Videla. Y lo que me pasa es
que no me siento para nada alegre, como me han comentado que se sienten muchos
amigos y conocidos. Yo siempre digo que no se festeja la muerte de nadie, y lo
pongo como una máxima. Y ahora la muerte de este… de este hombre (me cuesta
calificarlo como tal, pero prefiero no calificarlo de otra manera) me muestra
por qué no festejo la muerte de nadie: murió una persona a la que incluso en
algún otro momento le he deseado la muerte. Y no me alegra. Puedo alegrarme,
sí, de que haya sido juzgado (tarde lamentablemente, pero llegó). Puedo
alegrarme de que haya ido preso. Pero su muerte no me alegra.
Ojo, no me creo más que nadie:
entiendo perfecto a la gente que sí se alegra. Los sentimientos son lo que son
y salen como salen. A mí, la muerte de Videla me recuerda todo el mal que le
hizo a nuestro país y a tanta gente. A mí, el odio que le tengo a Videla me
dice que en algún lugar muy chiquito, este desgraciado nos ha ganado: este tipo
sembró muerte, sembró odio, sembró tortura (y esto dejando de lado que sembró
pobreza y hambre). Yo creo que el odio que yo le tengo a este tipo es su
pequeña victoria sobre mí. Yo creo que si Videla me hubiera conocido, él querría
que yo lo odie.
Este texto no intenta mostrar
ningún camino a seguir, ni decirle a nadie como debería sentirse. De hecho, es
factible que esté lleno de contradicciones. Pero ese es justamente mi
sentimiento en este momento: un cúmulo de contradicciones. Porque así como creo
que este odio es la victoria de Videla, también debo decir que en mi país las cosas
han cambiado: en mi país hay gente que piensa igual que Videla (aunque muchos
no se animen a decirlo), y puede que sean muchos, pero son los menos. En mi país,
hoy en día, a la gente que hace las cosas que hizo Videla se la juzga. En mi
país, los jóvenes están en las calles. En mi país no reina el miedo. Y esa es,
a mi manera de verlo, nuestra victoria sobre Videla. Yo no me alegro por su
muerte. Me entristezco por todo lo que nos ha hecho. Y me alegraré si el
recuerdo de tanto dolor sirve para empujarnos hacia la vida, a creer y a hacer.
Si esto es así, lo hemos vencido. Si esto es así, murió La Muerte.
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