miércoles, 27 de agosto de 2014

Incógnitas

Y después de un rato… y ojo, tengamos en cuenta que es un rato laaaargo largo eh; después de un rato a algún loco se le ocurre decir: “Pero discúlpeme Equis, ¿usted qué haría?”

Y ahí todos dejan lo que están haciendo. Todos ponemos absolutamente todo en pausa, porque Equis, que lleva años contándonos lo ineptos que somos y lo epto que es él, nos va a explicar la verdad de la milanesa. Equis, es tu momento: brilla tú, loco Equis. Somos todo oídos.

Equis aclara la garganta. Crece el suspenso. Nos comemos los codos. Se viene la solución a la totalidad de nuestros problemas. Y arranca: “Bueno, este es un tema complejo”. Relojeamos, entonces, hacia los costados. Nos preguntamos si a alguien más esto le parece una verdad de perogrullo (palabra que por cierto tuve que buscar en el diccionario). Y vemos que de costado también hay alguien relojeando. Vemos eso, pero también vemos a alguien que dice “¡Por fin! ¡Por fin alguien comprende la dificultad del problema! Yo creo que Equis tiene claro a dónde tenemos que ir”.


Y yo, yo que estaba relojeando me quedo azorado. Me enojo, me enervo, grito, despotrico, rio incredulamente. Me pregunto si Equis ha dicho algo que yo no he escuchado. La tecnología luego me permite comprobar que no es así. La tecnología me asegura que Equis no solo no ha dicho algo que yo no haya escuchado, sino que Equis no ha dicho nada. Resulta que después de tantos años, cuando a Equis le toca la hora de proponer, Equis no tiene nada. Equis se ha pintado de futuro, para alzar su copa y brindar con el pasado. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Todo cambia

Si La Negra lo dice, debiera ser cierto. Sin embargo, a uno le gustaría pensar que no. O tal vez es mejor creer que los cambios son siempre positivos y deseables. Si todo cambia, no es extraño que yo cambie. No solo no es extraño sino, acaso, natural.

Veamos: yo he tenido el pelo largo y he sido pelado; he tenido barba y me he afeitado; he sido católico y soy ateo. He vivido en Almagro, Villa Crespo, Caballito, Palermo y Balvanera. He cambiado de colegio, de carrera y de trabajo. He sido amigo de gente con la que ya no tengo trato.

Sí, la Negra tiene razón. He escuchado música que ya no escucho. Mi película preferida ya no es Mi Pobre Angelito. Ya no uso joggings ni jeans rotos. Fui flaco, una vez. Tuve una banda que ya no tengo.

¡Ay, Negra! Me negaba a creerte hasta el día de ayer. El segundo fin de semana de Agosto de 2014, a mis 29 días del Niño, me vengo a enterar – de la forma más triste – que la Negra tiene razón. ¿Y sabe qué? Yo estaba convencido de que había una cosa – aunque fuera sólo esa única cosa – que no podía cambiar. Me aferraba a eso que también vos decías. Eso de que no cambia el amor, el dolor y el recuerdo. No cambiaban, hasta ayer. Y mire que se lo dice un tipo que nunca fue muy futbolero; pero yo siempre fue de Boca. Siempre. No le voy a decir que, tal como rezan los cánticos, lo soy desde la cuna porque sería mentirle. Pero de chiquito sí, probablemente por las amistades.

Recuerdo, en alguna infancia llena de fracasos, haber festejado triunfos ajenos contra rivales aún más ajenos por Copas Libertadores. Y esa había sido la última vez. Algún gol del Turu Flores en Brasil, o algo parecido. Pero desde ahí, yo no he gritado goles ajenos, ni siquiera contra los archirrivales. No grité el de la Juventus contra River, de tiempos lejanos ni el de Nacional del otro día contra los Cuervos. ¡Y eso que fue en el último minuto!¡Y con lo que odio a los Cuervos! Pero no, desde aquella infancia remota, no he gritado goles ajenos.

Usted y yo bien sabemos a dónde va esto. Podrá decirme, entonces, que es cierto. Que todo cambia. Sí, es posible. A mí, el sábado pasado, cuando promediando la tarde lo vi al tipo vestido de blanco y rojo, me corrió un escalofrío por el cuerpo. ¡De blanco y rojo se fue a vestir para peor! Muerte. Y al rato me di cuenta que la Negra no ha mentido y que todo, efectivamente,  cambia: hasta la pasión por los colores.


Porque cuando el tipo clavó el zapatazo (que ni siquiera fue tan bueno) yo me paré emocionado y grité bajito (sí, le juro que se puede) un gol. Y ya no era un gol ajeno. Ahora los domingos sobran. Ahora hay once tipos que todos los domingos se pondrán camisetas que les queden grandes, que les pesen toneladas. Y habrá, incluso, algún pobre joven que tenga que ponerse una camiseta hecha de plomo. Algún muchacho tendrá que disfrazarse de alguien que no es, para mentirle a millones de personas. Para hacerles creer que la Negra miente y que todo sigue igual. ¡Pobre muchacho!¡Pobres de todos nosotros ante la llegada de los domingos vacíos! Todo cambia. Todo. El almanaque ahora esperará la tarde de cada sábado.

martes, 13 de mayo de 2014

A su marcha todo hace temblar

La tarde es gris. Llueve. Vienta (puristas abstenerse). Las gotas parecieran querer disipar lo que se gesta.  El otoño empieza a dar lugar a un invierno que promete ser crudo. Pero todavía falta. No hay que rendirse ante la llegada de los inviernos crudos. Todavía, en nuestro otoño, se puede dar pelea. Se sabe y se siente. Se intuye y se palpa que hay que dar de pelea. Quien se deja detener por un invierno no merece la victoria. Y así, no hemos de dejarnos amedrentar tampoco por la lluvia y el viento. Las gotas, cual emisarias del poder, pueden buscar intimidarnos o enviarnos a casa. ¡Qué busquen!

El clima es tan adverso como el panorama. Diagnóstico y pronóstico son esquivos. ¿Cuándo no lo han sido? ¿Ha importado eso? ¿Importa, ahora? El canto le avisa a las gotas que no han de lograr su cometido: no hemos de movernos. El canto le afirma a las gotas que somos uno, impenetrable, y que su fuerza no sirve de nada. Ardemos y las gotas pueden intentar, en vano, apagarnos. Ardemos. Somos amor que se hace furia. Somos furia que se hace canto.


Mientras tanto, en la torre del reino observan con temor. Pensaban que la lluvia tal vez pudiera hacer algo. Pensaban que callaríamos. Pensaban que la resistencia podía aplacarse. ¡Qué piensen! Todos (y no sólo en la torre) miran como la resistencia se afirma. Miran como la lanza de la resistencia se vuelve cada vez más aguerrida. Ven como el rostro se endurece y el canto se hace fuego. Ven y temen. Saben que todo ese fuego pronto ha de arrasar con sus torres y acabar con ellos. Saben que ya no ha de alcanzarles con partir una lanza, ni con una lluvia ni un crudo invierno. Han de necesitar mucho más. No podrán con el apoyo de todos los mercaderes ni los reyes de turno. No pueden si quiera, contar con el paso del tiempo. Este fuego no se apaga. Este fuego es amor, es furia y es canto. Y sigue. Siempre. No se va. 

lunes, 28 de abril de 2014

Quedamos los que puedan sonreir III

Con el último dejo de esperanza dije: “Un solo tipo puede con toda esta tristeza”. ¿Lo dije o solamente lo habré pensado? ¿O acaso lo habré dicho pensando que en realidad no lo pensaba? Porque, en efecto, el último dejo de esperanza tiene que traer consigo la desesperanza. Y aquello que trae aparejada la desesperanza, no puede ser un último dejo de su eterna enemiga. El último dejo de esperanza, por lógica, no existe.

Tal vez las cosas sean más graves, dije entonces. Dije y pensé. Tal vez todo esto que pasa sea genuinamente grave. A veces las tristezas deciden instalarse, cual huésped que no es bienvenido, sin ánimos de querer partir. Puede que sea peor aún. Las leyes dicen que después de una cantidad de años de ocupación efectiva se otorga título de propiedad. ¿Cuánto espera una tristeza antes de hacer valer sus derechos?

Cuestión que me dije, o dije, o pensé o me pensé que solamente una persona podía hacer frente a tanta tristeza. Sé que esa persona no puede haberme oído, o al menos no físicamente. Sé que es imposible pero, evidentemente, este hombre ha de ser omnipotente. Porque yo sé que sin escucharme, este tipo me había oído. Había oído a miles que cuentan con él casi exclusivamente para aplacar sus miserias. Hay centenares de fieles de este hombre que domingo a domingo le imploran y ruegan. Y el tipo todos los domingos baja de su Olimpo a regalarnos un poquito de alegría; a darnos unas pinceladas de belleza. Viene y se abraza imaginariamente con todos sus fieles y peregrinos. Les dice que, al menos por un rato, todo es posible. Dice y predica con el ejemplo. Predica y muestra que con un par de zapatazos puede hacer arder los corazones.

Él recibe un pase intrascendente a tantos metros del arco como kilómetros de su casa y lo convierte en un grito. En miles de gritos. Y no, ojo. No son los tres puntos. No. Todos sabemos que esos tres puntos no son nada. No sirven para nada. Es la alegría de saber que quiere seguir regalándonos belleza. Es la pequeña victoria sobre los mercaderes y sus sicarios (palabra de moda) en la prensa.

El tipo acomoda una pelota, acomoda a propios en una barrera ajena, reclama, parece ofuscarse, parece frustrarse. Hace creer que, en su frustración, mandará la pelota a la tribuna. ¡Por favor! La pelota lo quiere, tanto como él a ella. La pelota quiere ir a donde él la quiera llevar.

La cuelga del ángulo. Pero la cuelga, eh. Perfecta. En el vértice más vértice del arco que da al Riachuelo. Vea los videos si no me cree. Es más, busque otros videos y cuénteme cuando fue la última vez que una pelota tuvo la suerte de visitar ese ángulo.


Y los tres puntos, como le digo, no importan: cuando River meta el segundo, ellos festejarán, cargarán y acaso saldrán campeones. No importa. Cuando uno ve tanto fútbol, ya ganó. Cuando uno lo ve a este muchacho en una cancha, se siente un niño; un niño mirando una de superhéroes. Un niño con el nerviosismo que le genera el suspenso aparente de no saber si los villanos matarán al héroe. Aparente, porque el niño sabe que nada malo ha de suceder. Aparente, porque la agarra Román y vibramos. La agarra Román y sabemos que si la pierde es con falta. Cambia de frente y sabemos que le cae en el pie a uno nuestro. La acomoda Román y ya nos podemos ir parando a aplaudir.

domingo, 20 de abril de 2014

Que no haya nada, entonces.


Cuando uno está solo parece haber más tiempo. Hay tiempo para para divagar, para pensar, para hacer. Tiempo de sembrar y de cosechar, como quien dice. Cuando uno está solo, los momentos son más largos y entonces nos permitimos más análisis y más estudio. Cuando uno está solo, puede tomarse ciertas licencias y darse ciertos gustos que la compañía no vería con buenos ojos. Cuando uno está solo, sólo se necesita coincidir con uno mismo. Se puede ser realmente quien uno es. Sin máscaras, sin caretas, sin medias tintas.

Cuando uno está solo puede cultivarse en las artes. Vivir mil vidas, soñar despierto. Cuando uno está solo las opciones son infinitas y entonces el mundo le pertenece. Puede uno ser eléctrico o parsimonioso y no recibir por ello ninguna crítica, reclamo o pedido. Se puede ser obsesivo o desinteresado, o ambas al mismo tiempo. No hace falta cercenarse de ningún modo.


Cuando uno está solo puede pensar y escudriñar todo lo que ha hecho. Puede ver todos los errores. Puede llorar por todo lo que ha perdido. Puede uno ser un árbol y morir de pie. Puede consumirse en la tristeza, lentamente, como un fuego que se apaga. Un fuego que lentamente deja de alumbrar y dar calor. Cuando uno está solo no se puede amar, más que en silencio, y eso es morir. La felicidad solo es real si es compartida.