domingo, 20 de abril de 2014

Que no haya nada, entonces.


Cuando uno está solo parece haber más tiempo. Hay tiempo para para divagar, para pensar, para hacer. Tiempo de sembrar y de cosechar, como quien dice. Cuando uno está solo, los momentos son más largos y entonces nos permitimos más análisis y más estudio. Cuando uno está solo, puede tomarse ciertas licencias y darse ciertos gustos que la compañía no vería con buenos ojos. Cuando uno está solo, sólo se necesita coincidir con uno mismo. Se puede ser realmente quien uno es. Sin máscaras, sin caretas, sin medias tintas.

Cuando uno está solo puede cultivarse en las artes. Vivir mil vidas, soñar despierto. Cuando uno está solo las opciones son infinitas y entonces el mundo le pertenece. Puede uno ser eléctrico o parsimonioso y no recibir por ello ninguna crítica, reclamo o pedido. Se puede ser obsesivo o desinteresado, o ambas al mismo tiempo. No hace falta cercenarse de ningún modo.


Cuando uno está solo puede pensar y escudriñar todo lo que ha hecho. Puede ver todos los errores. Puede llorar por todo lo que ha perdido. Puede uno ser un árbol y morir de pie. Puede consumirse en la tristeza, lentamente, como un fuego que se apaga. Un fuego que lentamente deja de alumbrar y dar calor. Cuando uno está solo no se puede amar, más que en silencio, y eso es morir. La felicidad solo es real si es compartida.

viernes, 11 de abril de 2014

Quedamos los que puedan sonreir (bis)

Llega un momento en el que no puede haber vuelta atrás. Hay ciertas cosas que no tienen retorno. Cuando una fuerza ha logrado ciertas conquistas, no puede simplemente hacerse de cuenta que nada ha ocurrido y borrar todo con el codo. Lo saben y lo sabemos. Lo saben todos los actores de este gran circo. Ellos saben que van a necesitar mucho codo para borrar todo lo que ha sido escrito. Entonces tienen sus reuniones secretas y piensan en artilugios y se dicen que el tiempo nos hará olvidar. Se sonríen pensando que cosas como esta ya han sucedido y han podido seguir adelante. Se sonríen y creen que todo puede cambiar menos ellos.

Pero olvidan algunos detalles. Olvidan que no hay codos que alcancen para borrar ciertas luchas y ciertas conquistas. Olvidan cuánto se ha sufrido, cuánto se ha llorado, cuánto se ha reido y celebrado. El sufrimiento, el llanto, la risa y la alegría han de ser cuatro de los sentimientos más fuertes del hombre. Y ellos no saben lo que provocan, ni a dónde pueden impulsarnos. No lo saben por su incapacidad de sentir. Ellos no sienten, como sentimos nosotros. Ellos se reúnen y planean estrategias, que luego han de firmar en un sinfín de papeles que rubriquen su miseria. Y con lo único que pueden contar es con sus mentiras y su prensa embustera para tratar de confundirnos o hacernos olvidar. Pero todo está guardado, sí. No pueden quitarnos las madrugadas sin dormir. No pueden quitarnos las tardes de domingo. No pueden quitarnos las noches sufridas a la distancia.


Llega un momento en el que no puede haber vuelta atrás. El sufrimiento, el llanto, la risa y la alegría nos han unido. Nos han hecho amar. Y todos bien sabemos que solo desde el amor pueden tomarse las decisiones acertadas. Ellos pueden planear y pergeñar. Aquí estaremos, llenos de amor, coreando tu nombre, sufriendo con vos, riendo con vos, deleitándonos con cada enganche, cada pisada, cada cambio de frente y cada tiro libre. 

miércoles, 2 de abril de 2014

No hay treguas de nepente

Hay un pájaro en mi terraza. Acaso haya muchos pájaros. Podría no haber ninguno también. Mi terraza cuenta con una puerta de algo que parece ser acero o chapa y tiene un vidrio opaco. La única manera de ver que hay tras la puerta, es abrirla. Por cuestiones de esas que uno no se plantea muy a menudo, pero que consideraremos de seguridad, esta puerta está cerrada con llave.

Entonces, subo las escaleras, pongo la llave en la cerradura. Doy las dos vueltas necesarias, presiono con fuerza hacia abajo (es de esas puertas con las que hay que “jugar” para que abran) y me sumerjo en el mundo de la terraza. Allí, inexorablemente, me recibe un ruido de aleteo que se escapa. Intuyo, entonces, que en mi terraza hay, al menos, un pájaro. Un pájaro que se niega a ser visto. Un pájaro que decide que cada vez que yo cruce el umbral de esa puerta ha de darse al vuelo. Inequívocamente mi llegada a la terraza coincide con su partida y temo que cada vez que vuelvo a cerrar la puerta ha de regresar. Tengo mi propio Cuervo, pero al revés. Mi pájaro ha decido posarse tras el umbral de mi puerta y no me dejará visitarlo nunca más. No veré su sombra nunca más. No escucharé su susurro, salvo por su aleteo partiendo por siempre. No me dirá si está aún con vida Leonora. Un pájaro, desconozco su figura. No creo que comparta con el Cuervo una cresta cercenada y mocha. No hay en mi terraza tampoco un busto esculpido de Palas.


Cada vez que atravieso esa puerta siento como perturbo la vida de mi ominoso pájaro. Cada vez que lo obligo a la fuga me digo que ya no lo haré nunca más. Entonces, he reducido mis incursiones a la terraza, pensando en no molestarlo. Pensando en que si no me acerco, permanecerá en la terraza y ya no partirá… nunca más. 

jueves, 23 de enero de 2014

De memoria


Un equipo que juegue de memoria. Es uno de esos ideales a los que aspiran los técnicos de los equipos que, por encima de otras cuestiones, desean jugar a la pelota. Jugar a la pelota, todos lo sabemos, no es jugar al futbol. Al futbol se puede jugar de mil maneras y se puede ganar de mil maneras. Pero lo lindo es ganar o perder jugando a la pelota. Y los equipos que juegan de memoria tienen, al menos, un par de jugadores que saben mucho de eso. Que saben y entienden el juego; y por eso pueden jugar de memoria.

El diez tira el pase profundo, entre líneas, y sin siquiera mirar porque sabe que el nueve va a estar ahí. Va a llegar ahí. ¿Pero cómo lo sabe? No, le juro que no es tanto entrenamiento en la semana. Se puede entrenar, sí. Se le puede decir al diez que ante tal situación resuelva de tal manera o al nueve que haga cierta diagonal porque el diez hará tal o cual pase. Pero yo no le hablo de eso, yo le hablo de que en cualquier circunstancia del juego el diez la echa sin saber dónde está el nueve. Mejor dicho, sin saberlo empíricamente, porque sí que lo sabe. El diez de un equipo que juega de memoria siempre sabe dónde está el nueve o dónde va a estar, sin verlo. Y el nueve siempre sabe a dónde tiene que ir. El nueve intuye lo que va a hacer el diez, que a su vez intuye lo que hará el nueve. ¿Usted cree genuinamente que esto se entrena? Hay una comunión mental, espiritual y corporal entre el nueve y el diez. Uno conoce los movimientos del otro. Sabe cómo piensa el otro. Se saben. Entienden. Se entienden.

Pero.

Vamos, no diga que no esperaba el pero. Se imponen los peros. Los equipos que juegan de memoria dependen de la comunión entre sus jugadores, sí. Mas siempre hay muchas otras cuestiones. Dependen de la comunión entre el nueve y el diez y dependen de los grandes mercaderes, que poco pueden entender de comuniones. Los mercaderes ven en el nueve y el diez una oportunidad: no ven una posibilidad de la pureza más linda de la pelota y del placer más grande que puede otorgar el juego,  sino que ven una oportunidad, una ventana hacia el dinero. No puede más que desearse una plaga sobre quien osa destruir el vínculo entre el nueve y el diez por unas monedas. Los Judas de la pelota.


Los hinchas miran, devastados, como el diez tira pases al vacío a un nuevo nueve que no pica y le pide la bola al pie. Tira centros al primer palo y este nueve se fastidia por el fondo del área. Juega una pared que nunca vuelve a un jugador que ya no está. El diez está jugando de memoria con su soledad. Tirando centros al fracaso. Peor aún es la vida del nueve cuyo diez ha sido entregado (porque vendido queda chico). El nueve pica incansablemente al vacío, cabecea centros que no llegan, que acaso ni siquiera hayan partido. Pivotea, cuando el juego decide ir hacia otro lado. El diez que se queda sin nueve, todavía siente la posibilidad del manejo de la pelota. El nueve queda solo, sin que le llegue juego.


¿Se puede, acaso, vencer a los mercaderes? ¿Se puede explicarles que nada traerá más desolación que la destrucción de ciertos vínculos? ¿Se puede argumentar y decirles que podrán comprar miles de nueves de categoría (incluso de mayor categoría) y que nunca tendrán uno como el que tenían? No, no se puede. No se puede razonar con mercaderes, pues el único razonamiento del que entienden es el metal. Entonces, a la hora de defender al equipo que tanto amamos y de cuyo juego depende nuestra felicidad; a la hora de razonar con los mercaderes, desenvainaremos las espadas y, así, entenderán.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El Pueblo


Yo nunca fui a la cancha. Mentira. Fui a la cancha tres o cuatro veces. Vi Boca – Cobreloa (goles de Tevez diría), Boca – Talleres (un día que se peleaba un campeonato), Boca – Paisandú (gol de Iarlei pero para ellos). No sé ni siquiera muy bien por qué me acuerdo de estas cosas, ya que en realidad mi experiencia más memorable en la cancha fue que volviendo en un colectivo desde la Boca (ah, soy hincha de boca, por las dudas) me robaron una gorra que yo adoraba. Desde ese día, no viajo más en el asiento inmediato a la puerta en ningún colectivo. Eso es un recuerdo memorable, caray.

En fin, si bien yo nunca fui un tipo de cancha, sí he sabido apreciar los cánticos futboleros. Debo reconocer, en este punto, que la hinchada de San Lorenzo (equipo al cual debo dedicar mi desprecio más visceral) tiene cierta dote artística para enarbolar estas canciones, al igual que la hinchada de Chicago. Claro está que estos gustos son totalmente subjetivos, pero me permito ciertas prerrogativas visto y considerando que soy quien escribe. Yo he sabido apreciar las canciones de cancha incluso cuando entiendo las limitaciones que presupone la métrica y su difícil conjugación con la fuerza que necesita un canto de ese estilo. La canción de cancha se ha transformado, acaso con el tiempo o las vicisitudes de la vida, en un grito de guerra. Quedan pocas canciones felices del estilo de “vení vení, cantá conmigo” y la amplia mayoría se limitan a vituperar contra propios y/o ajenos. Debo aclarar (por si el lector fuese muy benevolente o hiciera falta) que este no es un escrito de Dolina ni de Fontanarrosa – que bien podrían, o acaso lo hayan hecho, elaborar disquisiciones sobres las canciones de cancha mucho más acertadas que esta. No, este es un escrito sobre otra cosa. Pero necesito también aclarar que entiendo que el grito de guerra no siempre pretende ser acertado. El grito de guerra busca un efecto determinado. Que el soldado sea bravo, que el jugador corra, que el técnico se retire, que el árbitro se amedrentare por sus preferencias sexuales y cobre un penal para tal o cual equipo. Sin embargo, si bien entiendo esto, no dejo de sorprenderme por los errores conceptuales de ciertos cánticos He aquí la cuestión que me aqueja.

Resulta que no tuve mejor idea que andar dando vueltas por Caballito uno de estos 8N. Ojo, no era un ochoene, era un día de un mes que ni siquiera era noviembre (aunque ene le quede mucho más top). Cuestión que yo pasaba incidentalmente por ahí y me topé con el cántico “o lelé, o lalá, si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”

Sé que no está bien, pero me brotó un odio que es difícil de conmensurar. Veía a esa gente, a mis vecinos incidentales y pensaba que esto no debía estar pasando. Supongo que no hace falta que diga que no compartía los motivos de su protesta, pero además…. “¿el pueblo dónde está?”. No pude sino dudar de la veracidad de la pregunta. La gente que está en esta esquina se arroga la potestad y persona del pueblo. ¿Se la arroga conscientemente? ¿Se cree, genuinamente, el pueblo? ¿O hacen más bien como esos periodistas que dicen “en la calle se dice…” o “la gente dice…” cuando no quieren hacerse cargo de lo que ellos dicen?

Traté de debatir todas estas cuestiones a los pocos días de esta protesta con alguien cercano que las apoyaba. Creo que este odio del que hablaba no me dejó expresarme claramente. Sin embargo, todo llega. Hoy llegó más claridad, en forma de video en la interné. Y me encontré con la respuesta a mis preguntas y a las de los vecinos de Acoyte y Rivadavia. Éste es el pueblo, está acá. No se olviden. Ustedes ni nadie.