Un equipo que juegue de memoria.
Es uno de esos ideales a los que aspiran los técnicos de los equipos que, por
encima de otras cuestiones, desean jugar a la pelota. Jugar a la pelota, todos
lo sabemos, no es jugar al futbol. Al futbol se puede jugar de mil maneras y se
puede ganar de mil maneras. Pero lo lindo es ganar o perder jugando a la
pelota. Y los equipos que juegan de memoria tienen, al menos, un par de
jugadores que saben mucho de eso. Que saben y entienden el juego; y por eso
pueden jugar de memoria.
El diez tira el pase profundo,
entre líneas, y sin siquiera mirar porque sabe que el nueve va a estar ahí. Va
a llegar ahí. ¿Pero cómo lo sabe? No, le juro que no es tanto entrenamiento en
la semana. Se puede entrenar, sí. Se le puede decir al diez que ante tal
situación resuelva de tal manera o al nueve que haga cierta diagonal porque el
diez hará tal o cual pase. Pero yo no le hablo de eso, yo le hablo de que en
cualquier circunstancia del juego el diez la echa sin saber dónde está el
nueve. Mejor dicho, sin saberlo empíricamente, porque sí que lo sabe. El diez
de un equipo que juega de memoria siempre sabe dónde está el nueve o dónde va a
estar, sin verlo. Y el nueve siempre sabe a dónde tiene que ir. El nueve intuye
lo que va a hacer el diez, que a su vez intuye lo que hará el nueve. ¿Usted
cree genuinamente que esto se entrena? Hay una comunión mental, espiritual y
corporal entre el nueve y el diez. Uno conoce los movimientos del otro. Sabe
cómo piensa el otro. Se saben. Entienden. Se entienden.
Pero.
Vamos, no diga que no esperaba el
pero. Se imponen los peros. Los equipos que juegan de memoria dependen de la
comunión entre sus jugadores, sí. Mas siempre hay muchas otras cuestiones.
Dependen de la comunión entre el nueve y el diez y dependen de los grandes
mercaderes, que poco pueden entender de comuniones. Los mercaderes ven en el
nueve y el diez una oportunidad: no ven una posibilidad de la pureza más linda
de la pelota y del placer más grande que puede otorgar el juego, sino que ven una oportunidad, una ventana
hacia el dinero. No puede más que desearse una plaga sobre quien osa destruir
el vínculo entre el nueve y el diez por unas monedas. Los Judas de la pelota.
Los hinchas miran, devastados,
como el diez tira pases al vacío a un nuevo nueve que no pica y le pide la bola
al pie. Tira centros al primer palo y este nueve se fastidia por el fondo del
área. Juega una pared que nunca vuelve a un jugador que ya no está. El diez
está jugando de memoria con su soledad. Tirando centros al fracaso. Peor aún es
la vida del nueve cuyo diez ha sido entregado (porque vendido queda chico). El
nueve pica incansablemente al vacío, cabecea centros que no llegan, que acaso
ni siquiera hayan partido. Pivotea, cuando el juego decide ir hacia otro lado.
El diez que se queda sin nueve, todavía siente la posibilidad del manejo de la
pelota. El nueve queda solo, sin que le llegue juego.
¿Se puede, acaso, vencer a los
mercaderes? ¿Se puede explicarles que nada traerá más desolación que la
destrucción de ciertos vínculos? ¿Se puede argumentar y decirles que podrán
comprar miles de nueves de categoría (incluso de mayor categoría) y que nunca
tendrán uno como el que tenían? No, no se puede. No se puede razonar con
mercaderes, pues el único razonamiento del que entienden es el metal. Entonces,
a la hora de defender al equipo que tanto amamos y de cuyo juego depende
nuestra felicidad; a la hora de razonar con los mercaderes, desenvainaremos las
espadas y, así, entenderán.
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