miércoles, 31 de julio de 2013

De las cosas y los esquemas

Recuerdo que he sabido tener un esquema de distribución de las cosas. Sí, soy un tipo ordenado y obsesivo. Entonces, los esquemas se convierten en necesidades. Cuando todavía me dedicaba al estudio, tenía mi habitación llena de libros, papeles, fotocopias y apuntes. Mi esquema era el siguiente.

Las cosas en uso iban tiradas en el piso, al lado de la cama. Todo aquello que necesitara leer o estudiar tenía que estar a mano. Si estuviera guardado, no estudiaría. O al menos esa era mi lógica. Entonces, un sector importante de mi piso estaba cubierto de apuntes que se movían de la mochila a la cama de acuerdo a las necesidades diarias.

Las cosas en lo que llamaremos “uso eventual” iban en el último cajón de la cajonera. Esos libros o apuntes que los profesores se empecinan en llamar “bibliografía consultiva” o “no obligatoria”. ¿Sabrá, acaso, el docente que está condenando al libro al último cajón de la cajonera? ¿Quién, en su sano juicio, se volcaría a la lectura de la bibliografía no obligatoria antes de un parcial? Entonces, mi cajonera de cinco cajones cargaba con un primer cajón de boxers, el segundo de medias, el tercero de pulóveres, el cuarto de misceláneos (léase un gorro de lana, el sombrero de arlequín de la selección de algún mundial remoto, unos guantes mágicos, una linterna, una rodillera) y un quinto cajón para los apuntes y libros condenados desde su génesis al ostracismo.

El tercer estadio por el que podían pasar las cosas en mi cuarto era el estante de arriba del placard. Allí, tenía una caja gigante donde ponía todos los apuntes y libros de materias aprobadas (siempre y cuando considerara que el material no sería necesario en otra materia). Era menester hacer este estudio de forma precisa, ya que una vez que los papeles alcanzaban este punto, era muy poco probable que hubiera vuelta atrás. La caja del estante de arriba del placard solo se abría para agregar papeles. Abrirla para sacarlos implicaría una búsqueda interminable, ya que lo que llegaba a la caja no necesariamente estaba clasificado y dividido.

Lógicamente, usted ya habrá notado más de una falla en el esquema. La que yo encuentro, con claridad, es la limitación espacial que cualquiera de los tres estadios presupone: el piso de mi cuarto no es eterno (si bien ha probado ser el más eterno de los tres); el último cajón de la cajonera es finito; la caja gigante del estante alto del placard no es tan gigante. ¿Cómo seguir? ¿Cómo se vence a las restricciones espaciales?

Desde pequeño, recuerdo la solución ofrecida por mi madre. Tenía yo una colección interminable de juguetes Playmobil. Usted recordará a esos muchachitos cuadrados con las manos en posición de agarrar algo y una especie de peluca también cuadrada que a su vez funcionaba como tapa de un cerebro inexistente. Bueno, yo los tenía todos. Tenía el barco y la nave espacial. La taberna y el fuerte. Los buenos y los malos. ¡Y caray que los usaba! A diario desplegaba mi enorme colección en el piso de mi cuarto y veía pasar las horas inventando historias. Cuando la hora de cenar llegaba, mi madre me instaba a restablecer el orden. Las intimaciones llegaban en forma reiterada y con amenaza de acciones legales si yo no cumplía mi parte: “¡Guardá esos juguetes porque mirá que te los voy a tirar todos!”  Debiera yo, en ese entonces, haber buscado una solución de raíz. Debiera yo haber pedido a mi madre que compre uno de esos cestos donde se pone la ropa sucia como para guardar mis juguetes con facilidad y disponer de ellos de igual manera cuando lo deseara. Sin embargo, parece que ya era peronista desde pequeño y las soluciones de raíz no eran mi fuerte. Así, yo procedía con paliativos. Mi madre quería orden y yo empujaba todos mis juguetes debajo de mi cama. Orden.  Funcionaba debo decir. Funcionaba hasta que un día mi madre echó a los montoneros de la plaza, entró con furia a mi cuarto – furia y una bolsa de consorcio – se arrodilló en el piso, miró debajo de la cama, me miró y comenzó con la masacre que acabó con mi interminable colección de Playmobil. Ya no tenía ni el barco ni la nave. Ni la taberna ni el fuerte. Ni los buenos ni los malos. Ahora sólo tenía el orden.

Siempre es un curso de acción posible: ante las limitaciones espaciales, tire todo. Pero pasa que hay muchísima de esa otra gente: esa gente que nunca tira nada. Los hay por montones. Hay incluso gente, como mi tía, que cada vez que alguien va a tirar algo, se apodera de la cosa y la guarda. O sea, no solamente acumula su basura sino también la ajena. No sé cómo hacen para vencer las restricciones espaciales. Supongo que han de creer en Dios.

De todos modos, yo no quería tirar mis apuntes y libros. Siempre cabía la posibilidad de que fueran necesarios. Afortunadamente, mi casa me ofrecía una solución. Tenía yo, en ese entonces, una baulera. Una gran y sucia baulera. Trasponiendo las barreras del ascensor, que llegaba al piso 15, uno se aventuraba escaleras arriba y con una llave que funcionaba de no muy buena gana, se adentraba uno en este infinito reservorio de cosas. Así, cuando el piso estaba atestado, el cajón lleno y la caja apunto de desfondarse, el esquema explicaba que el paso a seguir era el siguiente: aquello que estaba en el piso pasaría al cajón. El contenido del cajón debía ser trasladado a la caja en el placard. Y, por último, lo que estaba en la caja era cargado a la baulera.  ¡Genial! Las restricciones espaciales habían sido derrotadas. Si yo fuera Maradona, les sugeriría a estas restricciones un curso de acción – pero no quiero ofender al buen gusto. La baulera ofrecía muchísimo espacio, por lo que la lógica se convertía en infalible.


Sí, lo sé. Este es claramente el momento en que empieza mi ocaso. Un héroe trágico en el pico de su alegría. Dije “la lógica es infalible” y aquí yace mi error. ¡La ironía! Hace un tiempo visité la baulera. Las cosas están ahí. Ningún siniestro ha ocurrido: no ha habido robos, inundaciones, incendios, ni las ratas han comido nada. Pero de repente me encontré solo en el silencio sepulcral de la baulera. De pronto apoyé una nueva caja que había traído para guardar y vi lo que era ese lugar. Dejé la caja, levanté la vista, miré alrededor. Entre la soledad y el silencio, vi los distintos espacios destinados a cada departamento para guardar sus cosas. Mi edificio tenía tres departamentos por piso y quince pisos, generando un total de cuarenta y cinco compartimentos. Cuarenta y cinco nichos, porque en realidad me percaté en ese momento de como la baulera era un cementerio en el que todos los vecinos depositábamos nuestras cosas. Las enterrábamos. Estaba yo enterrando cosas en un cementerio. Peor aún. Estaba yo enterrando cosas vivas en un cementerio. Me sobrevino cierto escozor. ¿Por qué alguien dejaría sus pertenencias en ese lugar de desolación? La imagen de todas esas cosas en desuso agonizando en la baulera fue aterradora.

Lámparas, trofeos, estantes, cuadros, electrodomésticos. Todos pidiendo a gritos que se los restituya a sus funciones o que se acabe con su miseria. ¿Cuál es la función de una lámpara sin bombita y con la tulipa ajada en un lugar sin gente? ¿A quién ha de alumbrar? ¿Qué conmemora un trofeo de primer puesto en el torneo regional, si ningún amigo visita y pregunta por la hazaña? ¿Qué le queda a una licuadora llena de polvo y pelusa? ¿Quién ha de interesarse en ella alguna vez? Un lugar entero lleno de cosas que habían sido y ya no eran. De elementos que una vez tuvieron una función y que alguien no quiso tirar.

Ahora, yo entiendo la existencia de gente como mi tía, de esa gente que no tira nada. Pero creo que la pregunta se sostiene: ¿por qué no se han tirado estas cosas? ¿Por qué se somete a una lámpara a no alumbrar nunca más? Se me ocurre ensayar que la respuesta sigue a una de dos cuestiones: o la persona no quiso tirarlos pensando que algún día podría necesitarlos (estimo que este es el caso de mi tía) o, más probable, no quiso cargar con la culpa de la muerte de uno de esos elementos. “¿Cómo voy a tirar esta lámpara? Si tiene más de treinta años y además funciona perfecto”. Claro, no la tire no. ¡Condénela!¡Enciérrela y dígale que ya no ha de brillar!¡Quítele su bombita y anude el cable a la base! Y lo peor de todo, deje esa lámpara guardada en la soledad de una lúgubre baulera. Déjela allí, así se llena de esperanza cada vez que escucha que la llave juguetea en la cerradura. Déjela así le dice a los trofeos: “Seguro que me vienen a sacar de acá. Yo todavía funciono, tengo ese tajo en la tulipa, pero se arregla. Yo estuve en la familia más de treinta años”.


Las bauleras no son un espacio más donde guardamos cosas. Las bauleras son una suerte de confesionario donde intentamos expiar culpas. Buscamos en ellas librarnos de tener que tirar cosas. Guardamos algo en la baulera y no tenemos que enfrentarnos con la muerte de ese objeto. Una baulera es un geriátrico de cosas. 

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